El olvido que vive el minero 34

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Con sólo 13 años, William Ordenes (28) dejó la escuela y comenzó a recorrer mineras de Atacama para apoyar económicamente a su familia. La Andacollo, La Estrella y La Boliviana fueron algunas en las que trabajó. Al poco tiempo, no tuvo problemas en hacerse como oficial de perforo, aquellos “viejos” -como dicen los mineros- encargados de tirar las mangueras al interior de los yacimientos o afirmar las brocas de las máquinas.

“Siempre me ha gustado la minería. Trabajé como temporero, pero era muy mal pagado, peor que en las minas de acá”, cuenta el llamado minero 34 de la San José, mientras camina hacia la casa que arrienda en calle Balmaceda de Tierra Amarilla.

Con un cigarro en su mano, Ordenes ingresa a la casa. No está ordenada, los muebles se encuentran acopiados en un rincón y, en el suelo, fuentes de plástico con agua reflejan el daño que dejó el temporal de viento y lluvia y que hoy lo contabiliza como damnificado. La vivienda está sola. Su pareja y sus hijos de cinco años y dos meses tuvieron que ser acogidos por su suegra, para que no se enfermaran.

Desde su casa y a casi un año del accidente que dejó a sus 33 compañeros de turno atrapados a casi 700 metros de profundidad, el copiapino revive lo que cataloga como las extrañas situaciones que vivió desde el día anterior al accidente y que terminarían por librarlo de la angustia que por 71 días sufrió el turno.

El 4 de agosto, como era su rutina, salió de madrugada para abordar el bus que lo llevaría hasta la mina, ubicada a 70 kilómetros de Copiapó. Se suponía que sería una jornada normal, pero un hecho llamó su atención. Hoy, lo interpreta como una señal de Dios.

“El día anterior al accidente, con los “niños” estábamos acuñando la mina y ahí me cayó una piedra que me pegó en los protectores. Igual me anduvo aturdiendo un poco. Me bajé del cargador en el que andábamos, pero le dije al operador que termináramos rápido la pega pa’ que nos sacara altiro”, recuerda Ordenes. El hecho no pasó de ser una anécdota, más aún cuando relata que los problemas y accidentes en la San José no eran aislados. Al día siguiente, si bien no le correspondía trabajar, optó por hacerlo para ganar un poco más. El bus pasaría a las 6.00, sin embargo, Ordenes despertaría una hora más tarde y con un fuerte dolor de estómago.

“Igual me puse la ropa y le dije a mi señora que me iba a la mina, que bajaría al camino y me iría en una tanga nomás (camión minero). Ella me dice ‘no te vayái na’ si es sobretiempo’. Si no le hago caso, hubiera llegado a las 9 y hubiera quedado adentro de la mina”, cuenta el minero. Del accidente sólo conocería pasadas las 19.00, cuando Jéssica, la esposa del minero Víctor Zamora, le pidió que llamara a la Minera San Esteban porque, al parecer, su marido estaba atrapado.

“Ahí empecé a llamar y me contestó el prevencionista. Me decía que posiblemente los “niños” estaban muertos. Yo no lo creía, le dije altiro que estaban en el refugio. Nunca perdí la esperanza”, cuenta Ordenes.

Horas después del accidente, la información fue confirmada por las autoridades locales. El hecho no estuvo exento de polémica, ya que los encargados de la mina decidieron, en principio, no informar. Desde ese momento, se comenzó a hablar de 34 mineros atrapados. Ordenes era el segundo de la lista. Posteriormente, sería excluido de la nómina, al confirmarse que no había llegado a trabajar.

Con la perspectiva del tiempo, Ordenes agradece no haber vivido la experiencia de sus compañeros. “Nunca me voy a arrepentir. Por ejemplo, el Víctor Zamora tiene un niñito de cinco años, después le nació la niñita, que tiene tres meses, casi igual que mi hijo, pero Víctor no vivió el embarazo de su mujer porque estaba atrapado en la mina. Yo doy gracias a Dios porque estuve junto a mi señora”.

Ordenes aún conserva las camisetas deportivas que les obsequiaron a sus compañeros y también, sin pedirlo, recibió mercadería por ser el minero 34. Al igual que sus compañeros, recibiría el apoyo económico del empresario Leonardo Farkas, pero luego fue excluido. “Nunca quise reclamar, porque muchos me dijeron ‘qué sacái con reclamar, si eso es para los que estaban adentro y sería un aprovechamiento’. Nunca quise hacerlo porque no quería aprovecharme, pese a que estuve mal sicológicamente”, explica.

Hace tres meses, Ordenes no se quedó dormido y llegó a tiempo a la mina San Antonio, donde trabaja como maestro de escaleraje. Mientras enmallaba una de las chimeneas, a 120 metros de profundidad, parte de su cuerpo quedó enterrada, impidiéndole salir.

“Me salvé de una para meterme en otra”, recuerda Ordenes y cuenta que “había quedado una bolsa de material abajo y me empezó a chupar y quedé hasta la mitad tapado. Me colgaba de las mangueras para salir de ahí y no podía. Un primo que estaba arriba me tiró una escalera. Fue una desesperación grande”.

Esta experiencia unida a que, reconoce, que “la paga no es como en la San José”, ya lo convencieron de comenzar a buscar otro trabajo. El escenario no es auspicioso, cuenta, ya que los ahorros que tenía para postular a una casa, los gastó durante el tiempo en que no pudo encontrar trabajo por no estar finiquitado. A menos de un mes que se conmemore el accidente de la San José, Ordenes dice que no participará en los actos oficiales. Pese a que por algunas horas apareció entre los atrapados, no se siente parte de los 33.

 

Fuente y Foto: La Tercera

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