La columna de Charly Purple: La doctrina del Chocman

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Durante uno de los discursos del 21 de mayo del gobierno “Piñera 1”, conocimos, medio en broma y no sin rubor, la forma de creación de “adherentes” y “simpatizantes”, personas humildes de la tercera edad que bajo el incentivo de conocer la playa, fueron llevados en bus a Valparaíso para aplaudir al Presidente. Los mismos viejitos dijeron en cámara que no sabían que venían a eso y que les habían dado como “colación”, nada mas alejada a los principios del “Elige Vivir Sano” de Cecilia Morel, un jugo en caja y un “chocman”.
Esta verdadera charada dio pie a toda clase de burlas en redes sociales y hasta hoy es recordado como uno más, de los tantos episodios indecorosos en que los gobernantes de turno utilizan a la gente a cambio de una recompensa vana, como el viejo truco de los españoles intercambiando espejos por oro, es lo que ha llevado a la convicción en la élite dirigente que la dignidad del pueblo se puede transar, incluso con un chocman.
Lo realmente interesante es lo que pasa cuando la gente se resiste a estos “premios”, cuando no está dispuesta a transar su vida y su dignidad, por los dulces que desde el palacio le arrojan sus gobernantes.
La historia, lamentablemente nos ha enseñado que cuando la “doctrina del chocman” no resulta, entonces habrá que pasar directamente a políticas más radicales, pasamos entonces a la “terapia del Schock”, como acertadamente ha denominado Naomi Klein, la imposición de políticas neoliberales que generan un descontento social y una brecha gigantesca de desigualdad entre ricos y pobres.
Nosotros sabemos mucho de esto ya que Chile se convirtió en el laboratorio de ensayo para la primera aplicación de la doctrina del shock. Aquí la “crisis aprovechable” fue el golpe de Estado de Pinochet y la represión impuesta por él. Aquello allanó el camino para imponer grandes transformaciones económicas en un breve periodo de tiempo. Friedman, que asesoró a Pinochet, predijo que las características de esos cambios económicos provocarían una serie de reacciones psicológicas en la gente que “facilitarían el proceso de ajuste”. A ese proceso lo llamó el “tratamiento de choque” económico. De ahí en adelante se aplicó en la Gran Bretaña de Tatcher y con menor potencia en el periodo de Reagan, y tras la caída del Muro de Berlín, Rusia fue despedazada con una aplicación tan brutal en términos económicos que florecieron las mafias y los primeros MegaMillonarios frente a un campesinado hambriento.
Luego vendría la “Guerra contra el Terror”, en el caso de Irak el shock colectivo lo provocó la invasión, los bombardeos, dentro de una operación denominada precisamente “Conmoción y pavor” – ”Shock and awe”- con el objetivo de “controlar la voluntad del adversario, sus percepciones y su comprensión, y literalmente lograr que quede impotente para cualquier acción o reacción”, según los autores del documento de doctrina militar que llevaba el mismo nombre. Tras ello, Paul Bremer decretó privatizaciones masivas en Irak y la liberalización del mercado.
Tal vez no nos damos cuenta, pero lo que ocurre cada cierto tiempo en la región de Atacama obedece bastante a este mismo fenómeno doctrinario. Desde el Estado Central, cada vez que ha existido una “crisis en el empleo”, la reacción de los gobiernos no ha sido la de intervenir con una inversión estatal en infraestructura pública para generar obras que creen empleo directamente, sino por el contrario, se ha dejado a los ciudadanos sumidos en las más voraces depresiones y en definitiva entregados a su suerte, esperando que “el Mercado” lo solucione todo y traiga aquella inversión salvadora, esa explotación minera junto a los glaciares, la Central Termoeléctrica más grande, la megadesaladora, o la tóxica planta de cerdos que se ahorra tres pesos en filtros de olores. Todo a cambio de la esperanza del empleo.
Si nos fijamos bien, los dos proyectos más desastrosos a nivel ambiental de las últimas décadas en la región de Atacama, fueron aprobados en medio de una crisis de empleo: Agrosuper en Freirina y Barrick destruyendo el glaciar Pascua Lama en Alto del Carmen. Se aprobaron pese al evidente cuestionamiento ambiental que poseían y fueron recibidos con los brazos abiertos por la comunidad, no obstante la alerta de los grupos ambientalistas. La necesidad de empleo era más grande, había una “crisis” económica, una epidemia de cesantía que no admitía purismos ambientales. Ya todos sabemos cómo terminó esa historia.
Pero la historia es cíclica y si algo nos caracteriza a los humanos, no lo sabré yo, es que siempre tropezamos con la misma piedra. Hoy en Atacama el escenario del shock no lo provoca un golpe de Estado ni una invasión ilegal con bombardeos masivos, ni una inundación de consecuencias catastróficas, sino la propia crisis económica y las gigantescas cifras de desempleo. Es ella la justificación de la que se sirve el Gobierno -y sobre todo, los poderes económicos y financieros que auspician sus medidas- para abordar un tratamiento de choque económico que nos receta descargas eléctricas de forma continuada hasta provocar un cortocircuito en nuestra capacidad de respuesta o, dicho en palabras de Friedman, reacciones psicológicas que facilitan “el proceso de ajuste”.
Así observamos que justo en la región que mayor votación obtuvo la actual coalición de Gobierno, las cifras de desempleo se han disparado y es finalmente la más castigada en términos económicos. No existe aún una respuesta de parte del gobierno, ni siquiera por la simpatía que uno podría suponer con sus votantes más fieles. Todo parece indicar que una vez más, se tensará al ciudadano para que acepte cualquier cosa, a cambio de empleo.
Las señales son claras, cesantía sobre los dos dígitos, Ministros de Estado molestos con las exigencias ambientales que “podrían” generar cierre de empresas, prensa contribuyendo para sembrar el pánico por una supuesta alza de la luz en Huasco por la posible descarbonización de la matriz energética nacional y Barrick anunciando su cierre definitivo y que solo trabajará en Argentina. Malditos ambientalistas Progres!!. Esa es la crisis, la solución evidentemente acecha esperando su momento, el schock de inversiones que están paralizadas y esperando luz verde: Desaladoras, más termoeléctricas, venta de activos de Conaf, y en el Huasco, el proyecto Nueva Unión, parece que ya vienen en nuestro rescate.
¿El Estado? Brilla por su ausencia. En vez de aprovechar la crisis de empleo para insuflar un justificado gasto público en la región, precisamente en obras urgentes y necesarias producto de los pasivos ambientales, se queda como un pasivo espectador que se queja de que no hay inversiones por culpa de la protección de un puñado de lagartijas en el desierto.
Como si el Estado no tuviese responsabilidad frente a los ciudadanos por los proyectos económicos que aprobó y que dañaron a la región, en vez de construir tranques de relave en Huasco para dejar de contaminar su borde costero, en vez de construir embalses y piscinas para enfrentar las lluvias en altura que serán más frecuentes con el cambio climático generando aluviones de relave como ya ocurrió en Chañaral y Copiapó, espera que la desesperación económica de las familias nos haga aceptar inversiones a cualquier costo. Y si ya sabemos como termina ese camino ¿por qué no intentar uno distinto? ¿El Estado y su centralismo insistirá en el fomento de las zonas de sacrificio a través de una cultura extractivista y carbonizada?
Naomi Klein, en “Esto lo Cambia Todo” plantea que el extractivismo está directamente conectado con la noción de «zonas de sacrificio»; esto es, lugares que, más allá de su utilidad lucrativa, no importan a sus extractores y, por consiguiente, pueden ser envenenados, apurados hasta el límite o simplemente destruidos en aras del presunto «bien mayor» representado por el progreso económico. Esta idea tóxica ha ido siempre muy estrechamente ligada al imperialismo y a su obsesión por explotar unas periferias desechables a fin de alimentar la fastuosidad de la metrópolis, y está muy vinculada también a las nociones de superioridad racial, porque no puede haber zonas de sacrificio si no hay también unos pueblos y unas culturas que cuenten tan poco para los explotadores que estos las consideren merecedoras de ser sacrificadas.
La Ministra de Medio Ambiente Carolina Schmidt, a propósito de la crisis del Chernobyll chileno ha dicho que no pueden existir zonas de sacrificio en Chile. Lindas palabras, pero sin una fuerte inversión estatal en recuperación de esas localidades y en generar una
transición verde a escala nacional, se quedará solo en palabras.
Y el punto es que estas soluciones no son quiméricas, una inversión estatal de Recuperación Ambiental y el fomento de inversión privada para una transición verde generaría una inmensa cantidad de empleos: en los transportes públicos, las energías renovables, la protección contra las condiciones meteorológicas adversas y la restauración de los ecosistemas.
El asunto es si nos determinamos como sociedad a despertar de la terapia del schock y avanzamos hacia algo diferente o si seguimos por este camino transitado, aceptando lo que sea, a cambio de un chocman.

 

Charly Purple

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