Pesar por fallecimiento de gran deportista, dirigente y formador infantil del fútbol minero

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Pesar existe en la comunidad deportiva de Algarroibo, tras conocer el sensible fallecimiento de Enrique «Kike» Aravena, quien falleció en La Serena.

Aravena, fue un impulsor del deporte infantil en su club de toda la vida, «Acero Norte» y dejó huellas en cientos de pequeños que vieron en el entrenador un guía valórico y deportivo, que les permitió afianzarse desde lo deportivo a lo personal.

A sus más de 80 años, una serie de enfermedades, entre estas la diabetes, lo tenía confinado en la casa de uno de sus hijos en La Serena, hasta donde la familia lo trasladó y donde se produjo su deceso.

El “Kike” nació en la Cuarta Región, graduándose de contador en el prestigioso Instituto Comercial de Coquimbo, desde -donde a comienzos de la década de los años sesenta- llegó a Vallenar para ejercer como contador en la entonces naciente faena de minas El Algarrobo, dependiente de la Compañía de Acero del Pacífico.

A propósito de su longevidad deportiva y laboral siempre le llovían las tallas y con justa razón… tenía la ficha número 2006 como trabajador de Algarrobo. La ficha 2000 correspondía al administrador de la faena, don Agustín Argaluza Fano y la número 2001 a otro destacado trabajador y deportista, don Fernando Álvarez Davies, quienes en esa época vivían allá en la mina Algarrobo. Todavía no existía la población Quinta Valle. Las fichas 1 a la 1999 correspondían a los trabajadores clasificados como obreros.

El “Quique” manifestó su afición deportiva y dirigencial desde los albores de la compañía, incluso desde antes que existiera el Club Deportivo Algarrobo. Así, por ejemplo, se cuenta como uno de los fundadores del club deportivo Acero Norte que fue la fusión de los clubes Contraloría y Administración. ¿Por qué Acero Norte?… fue un homólogo al “Acero Sur” que militaba en los registros del club deportivo Huachipato de Talcahuano, segúcomenta el historiador Sergio Zarricueta.

Un relato emocional y que los describe perfectamente, es el que realizó uno de sus pupilos en Acero Norte, Javier Garay, quien desde pequeño integró el club de la franja verde en el complejo Algarrobo.

“Vallenar ha sufrido una gran pérdida, y lejos de cualquier exageración que suele inundar los mensajes de despedida a figuras reconocidas, es necesario recordar por qué Enrique Aravena es una pérdida dolorosa e insustituible, más aún en los tiempos que corren. Ofrezco, humildemente, algunas memorias de mis vivencias con él como grabado inmortal del enorme legado de una persona entregada a su pasión y que supo contagiar a cientos de niños y jóvenes con su entusiasmo y valores. 

Conocí al ‘Kike’ por los albores del año 98. En ese tiempo yo jugaba en la tercera infantil del club Colo Colo, pero por cercanía quise jugar en la asociación de Algarrobo. Una mañana de sábado, mi padre me acompañó a la cancha y vi por primera vez a quien sería, no solo un entrenador, si no un maestro y amigo, con el devenir del tiempo. Me concedió un partido de prueba y de su bolsillo pagó el pase para que pudiera unirme a las filas de acero norte. Desde entonces crecí bajo sus enseñanzas. Recuerdo, con especial cariño, como supo enseñarme el valor de jugar en la defensa, cuando el ímpetu de un niño que quería marcar goles excedía sus habilidades futbolísticas. El supo decirme, sin desanimarme, que el mejor lugar en el que podía aportar al equipo era en la zaga. El ojo certero de un sabio del fútbol no se equivocó. Yo era limitado técnicamente y con poca capacidad de definición, pero él supo ver otras cualidades: timming, buen rechazo y liderazgo dentro de la cancha. Me formó y me permitió vivir uno de los momentos más lindos que tengo en la memoria: haber sido seleccionado de la asociación. Siempre le agradecí a él, porque fue él el que me dio las herramientas, ante la obvia falta de talento, que me permitieron vivir esa hermosa etapa. 

Marcado a fuego en mi retina están todas las veces que tomaba su camioneta y pasaba casa por casa, despertando niños somnolientos para completar la oncena que esa mañana dejaría la piel por el verde color del Acero Norte. Yo lo acompañaba desde muy temprano, incluso cuando crecí y avancé de categoría, ya más grande le ayudaba acarreando sacos, pelotas, cédulas de identidad, monedas para el lavado, e ilusiones. En esos viajes aprendí de su sabiduría y de la responsabilidad. Nos enseñaba que lo más importante era cumplirle a los compañeros y llegar a jugar, aunque perdiéramos. Jamás olvidaré el día que faltó el equipo rival. Sólo para evitar nuestra decepción por no jugar ese sábado, el enorme ‘Kike’ tomó su camioneta y fue a buscar uno por uno a nuestros rivales para que pudieran presentarse. Como anécdota quedará el resultado: un 15 a 0 en contra, que nos grabó en la memoria que lo importante no es ganar, si no competir, ser digno y leal con el rival, y disfrutar cada segundo que la pelota gira. Fue pasando el tiempo y, ya jugando en primera infantil, le pedí que me dejara ayudarlo dirigiendo a la segunda infantil. ‘Kike’ dio todo de sí para enseñarme sus conocimientos tácticos y me preparó con un curso para poder dirigir, pagado por él. Ese año, por primera vez en 20 años, Acero Norte ganaba el campeonato de segunda infantil, en una final de infarto contra Planta de Beneficio. Celebramos juntos, el triunfo era completamente de él, por confiar en los jóvenes y guiarlos en todo momento. Jamás olvidé un solo consejo que me diera ‘Kike’ y gracias a él y lo que me brindó, pude dirigir, posteriormente, a nivel universitario, en otra de las etapas más lindas de mi vida. Los que han dirigido entenderán, pues saben y reconocen la sensación indescriptible que provoca ponerse el buzo de DT. 

Luego de partir a la universidad, no supe de él por varios años. Quizás por esas cosas que la vida nos tiene preparadas, en un día más de trabajo en el Hospital de Coquimbo, hace unas semanas me encontré con un paciente que resultó ser no otro si no quien fuera mi maestro por tantos años. Entre mascarillas y antiparras, no logró reconocerme. Violando todo protocolo decidí quitarme todas las protecciones. 

– Este señor que ustedes ven acá, es quién me formó como deportista y como persona. – Le dije a sus vecinos en la sala de hospitalización. – Y es la persona que más sabe de fútbol de toda la región de Atacama- Vi cómo sus ojos intentaban traer a la mente los recuerdos de años pretéritos, de tantas jornadas, de distinguir entre tantos niños que vistieron la camiseta verde. En mis entrañas ansiaba que recordara mi apellido, que alguna de estas memorias que hoy comparto con ustedes, llenara su conciencia.

– Ahh, bueno, ha pasado tanta gente por aquí que no sé quien es usted – respondió un poco abrumado.

– Tranquilo, Kike, solo quiero decirte que aquí hay uno más de los tantos niños que formaste, y que gracias a tí vivió grandes momentos en el fútbol – Le respondí intentando ocultar un dejo de decepción. 

De pronto, lo inundó un recuerdo.

– Yo a él lo conozco de que tenía 8 años – le comentó a su vecino, apuntándome, en un momento de lucidez maravillosa. 

– Te acuerdas de todo – le afirmé, sonriendo

– Claaroo! Han venido muchos a verme. Hay mucha gente que me quiere, hasta me han llegado notitas en la comida que me sirven aquí en el hospital de gente que me conoce – dijo, inflando el pecho. 

– Como no te van a conocer, si has sido un mentor para tantos – le dije, algo emocionado, pero con la rigidez con la que me deformó mi profesión – Pasaré mañana a saludarte nuevamente. 

Y así lo hice. Estuve 3 días con él, recordando nuestros tiempos en Acero Norte y a tantos que compartieron con nosotros. Nos sirvió de despedida. Casi sin querer, y quizás intuyendo que se iría de alta al día siguiente, me despedí, recalcando la importancia de su figura, de cómo alejó a tantos jóvenes de la delincuencia y el abuso de sustancias, yendo a buscarlos hasta la puerta de sus casas para ofrecerles una vía al deporte, un lugar donde pertenecer. Por eso ‘Kike’ es y será una leyenda. 

A la mañana siguiente fui a su sala de hospitalización, pero ya no estaba allí. A las pocas semanas partió del plano físico. Me queda el enorme consuelo de saber que el gran Enrique Aravena se supo querido y valorado en los últimos días de su vida. Hasta siempre, Kike.

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