La próxima entrada en funcionamiento del CESFAM Altiplano Norte ha puesto sobre la mesa una realidad que en Vallenar se repite una y otra vez: las obras se construyen, las viviendas se entregan y los servicios se inauguran, pero las soluciones viales y de conectividad llegan después, cuando los problemas ya son evidentes. Hoy las autoridades buscan alternativas para mejorar el acceso al nuevo recinto de salud, coordinando modificaciones en recorridos de colectivos y reforzando medidas de seguridad. Sin embargo, la pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué estas soluciones no fueron consideradas desde el inicio del proyecto?
La situación recuerda otros casos emblemáticos de la comuna. El puente Aañañuca, por ejemplo, ha sido presentado durante años como una necesidad para mejorar la conectividad de la ciudad y descongestionar sectores estratégicos. Sin embargo, las definiciones concretas y los avances efectivos han tardado más de lo razonable, mientras la ciudad continúa creciendo y aumentando sus necesidades de desplazamiento. Algo similar ocurre en el sector sur de Vallenar, donde importantes proyectos habitacionales, especialmente en Quinta Valle y sus alrededores, han impulsado una expansión urbana significativa sin que exista una infraestructura vial acorde a esa nueva realidad.
Resulta difícil comprender cómo se autorizan y promueven cientos de nuevas viviendas sin que exista previamente una red vial capaz de absorber el aumento del flujo vehicular. Más aún cuando la propia autoridad reconoce que los nuevos proyectos habitacionales se concentran precisamente en una zona que requiere nuevas vías, accesos y puentes para mantener una adecuada conexión con el resto de la ciudad. Lo preocupante es que los estudios y diseños aparecen siempre después de que la necesidad se vuelve urgente, transformando la planificación en una reacción y no en una herramienta de anticipación.
Vallenar es una comuna que supera los 54 mil habitantes y cuyo parque automotriz ya alcanzaba los 60 mil vehículos hace varios años. Sin embargo, la infraestructura vial prácticamente no ha experimentado cambios estructurales en los últimos quince años. La ciudad crece hacia los cerros, hacia el sur y hacia nuevos polos habitacionales, pero sus calles, accesos y conexiones siguen siendo prácticamente las mismas. Esta brecha entre desarrollo urbano y planificación territorial termina afectando la calidad de vida de los vecinos, quienes deben enfrentar congestión, mayores tiempos de desplazamiento y dificultades para acceder a servicios esenciales.
Las autoridades tienen razón cuando señalan que los proyectos viales requieren estudios de prefactibilidad, diseño y ejecución. Nadie discute que esos procesos son necesarios. Lo que sí corresponde cuestionar es por qué esos estudios no comienzan al mismo tiempo que se proyectan los nuevos barrios, los centros de salud o las grandes inversiones urbanas. La planificación pública no puede limitarse a resolver problemas una vez que estos aparecen; su principal función es anticiparse a ellos.
El desafío para Vallenar no es solamente construir más viviendas o inaugurar nuevos servicios. El verdadero reto es desarrollar una visión de ciudad que permita crecer de manera ordenada, equilibrada y sostenible. Porque cuando la infraestructura llega tarde, son los vecinos quienes terminan pagando el costo de una planificación insuficiente.
EDITORIAL / Crecer sin planificar: una deuda que Vallenar sigue pagando
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