Tarea para la casa 

Share Button

Esta será, seguramente, la menos edificante columna en lo que va de la temporada. Va a ser fruto de críticas y de duros cuestionamientos sobre la idoneidad ética del autor, no cabe duda, sin embargo, la verdad no comulgo mucho con aquel discursillo moral, muy en boga a partir de las ya conocidas peloteras escolares y de aquel cachetazo de la ceremonia de los Óscares, en que el rechazo hacia la violencia, con rasgadura de calchunchos incluida, nos hace olvidar los propios pecadillos aquellos en que incurrimos, en más de alguna ocasión, cuando en la edad escolar nos dimos de bofetones a la salida de clases con algún mozalbete que hubiere de desafiarnos a dirimir nuestras diferencias. Claro, ahí la cosa se desarrollaba a mano limpia, sin fotos ni transmisión en vivo, y los rústicos códigos en boga sólo impedían tres cosas: la patada maletera por la espalda, echarte después encima a la mamá, al papá, a los hermanos y a la abuelita; y tres, ser acusete care’cuete con los profes.

Y no me enorgullece en lo absoluto traer a colación estos oprobiosos episodios, que quede claro para quienes ya están pensando en calificar a estos sencillos párrafos como apologistas de violencia o terrorismo, pero de verdad que no concibo esa condena destemplada en contra de esta generación de cabras y cabras como si la nuestra y las anteriores sólo hubiésemos practicado la templanza y la sabiduría de los monjes tibetanos durante la vida escolar.

El cuadrilátero imaginario que recuerdo se ubicaba en el pasaje Nicolás Naranjo, a sólo una cuadra del San Francisco, liceo en donde me eduqué. Y hasta ahí se trasladaba la masa estudiantil a la hora de la salida cuando en los recreos previos ya se había corrido el rumor de que dos pastelitos enfrentados, quien sabe por cuál tontera, se batirían a duelo para resolver su problema. Y el espectáculo era además machista: no se permitía que las damas protagonizaran alguna disputa, a lo más se les autorizaba a las más piolas a presenciar la velada boxerildesde cierta distancia. 

Y el ritual de los puñetazos se llevaba a cabo a espaldas del profesorado, y más aún del estricto inspector que solíasiempre llegar tarde a dispersar a la agitada muchedumbre y a recoger del suelo al rival derrotado. Para qué vamos a mentir: hasta apuestas corrían durante esos breves pugilatos. Y no se trata de romantizar ni justificar la agresividad que también cargábamos todos en esos tiempos, como tampoco la propia violencia que el profesor podía ejercer en clases sin normativa que se lo prohibiese, y por supuesto, la cultura del correazo y del tate quieto que en la mayoría de los hogares se practicaba sin el reparo de nadie.

La violencia no la acaban de inventar hoy los cabros de tal y tal liceo o escuela. Son herederos seguramente de tanta deformación nuestra, negligencias, errores, carencias, descuidos y esfuerzos por proveernos de cuanto cachureo tecnológico se nos pone al alcance.

Y la moraleja de la columna no aparece… porque no está, porque a lo mejor hay que darla de tarea para la casa. Las recetas infalibles no existen para parar este tipo de violencia, lo cual no quita que haya que abordarla con compromiso y con meridiana amplitud de mente como para no agudizar un proceso, que sin duda, es largo y con no pocos retrocesos. Hablar menos, no reclamar tanto ni alimentar la hoguera por redes sociales, y hacer más en concreto puede ser un buen comienzo. Mediar, conciliar, tratar de entender y de proponer. No sé ¿Y usted qué dice?

foto: memoriasdelsigloxx.cl

Share Button
:: Articulo visto 34 veces ::

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *