Columna 20 ¡Me le llovió la pieza!

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Así no más fue, para qué vamos a estar con excusas que el cambio climático, que Putin anda con puras vacas robadas y la cacha de la espada ¡no! Tuve algo de plata el año pasado y ni se me ocurrió echarle una revisada a las calaminas ni al encielado que de color blanco marfil, la semana pasada luego de los chaparrones, pasó a un gris medio violáceo y que a estas alturas, producto de la humedad, los hongos me deben estar mirando hasta cuando me cambio de ropa en el dormitorio. Uno como que se siente observado en esos menesteres, y la sensación de burla la complementa el piso flotante recién inaugurado que quedó como tobogán para las pobres cucarachas que arrancaron desde atrás del ropero cuando el tsunami les alcanzó las patitas.

Me lloví como afuera. Y mientras los goterones caían con pica sobre el zinc de mi modesta vivienda, me recordaba yo de aquellos gatos de porquería que en meses pasados, principalmente agosto, gustaban de correr y arañarse entre ellos de lo lindo sobre mis calaminas, dejando sobre ellas no sólo los imaginables obsequios de su digestión sino que también habrán cumplido su plan maléfico, ciertamente en venganza por algún certero zapatazo mío en horas de sonora madrugada, y por eso se habrán conjurado los benditos felinos para desajustar más de alguna plancha como para que esta lluvia traicionera se me colara, así como quien dice “aquí te las traigo Peter” y se me mojara hasta la vergüenza.

Con decirles que hasta se me anduvo inundando el Smart TV, y si no es porque lo alcancé a envolver en el nylon que me trajeron de la muni, me quedo sin ver mis series favoritas para siempre… y con lo que me costó ahorrar como tres IFE para comprármelo.

“Esto seguramente tiene que ser culpa de alguien” pensé, mientras mis vecinos luchaban por introducir a su familia de cinco cabros chicos, más dos veteranas entraditas en carnes, en un furgón del año setenta y tantos para ir a todo ritmo a conocer la nieve por la quebrada de Los Morteros. 

Según me enteré por la radio, horas más tarde, tuvieron que subir grupos especiales, creo que eran boinas verdes, a rescatarlos. Por ahí me enteraría más tarde que mi vecino venía gritando en el vehículo de rescate que hacer monos de nieve era un derecho consagrado en la Constitución del 80 y que ahora se lo querían arrebatar. Se vino además denunciando a viva voz, a los diputados por no tener los caminos transitables, a los ministros por no repartirle a cada casa un nylon, a los concejales por no avisarles por wasap a cada vecino que no serían 10 milímetros de lluvia sino treinta y tantos; también a esos políticos que no hacen nada por el pueblo y que tendrían que prohibirle la entrada a territorio nacional a esas nubes… negras, obvio… que vienen a puro causar problemas a la gente honrada y trabajadora… y los peores epítetos fueron para los jueces que dejan libres a esos meteorólogos negligentes y mentirosos que se arrancan a esconderse en sus mansiones mientras las tormentas se vienen todas juntas sobre el pueblo.

¡Pero este estropicio no se iba a quedar así no más! Después de poner al sol la ropa de cama me fui directamente al único lugar donde a uno le escuchan los reclamos y se consiguen soluciones:… ¡Facebook!… y me van a tener que escuchar, porque yo ahí digo las cosas de frente…

Eso sí, voy a tener que cambiar la foto de perfil, en donde salgo con unos primos en la playa degustando un melón con vino, como para que no vayan a pensar que uno es poco serio.

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