El pasado martes, Vallenar vivió una jornada cargada de tensión e incertidumbre. El funeral del menor Luis Flores Medina, de 16 años, asesinado trágicamente durante la madrugada del domingo, fue catalogado por las autoridades como un funeral de alto riesgo, un procedimiento inédito en nuestra comuna. La inquietud era legítima. Las imágenes de los días anteriores, con fuegos artificiales y detenidos en Vista Alegre, habían sembrado temor en las familias, en las escuelas.
Sin embargo, lo que ocurrió ese día fue algo que nos devuelve la fe en el orden, en el respeto y en la convivencia social. Porque más allá del dolor, prevaleció la calma. Y eso fue posible gracias al profesionalismo de Carabineros de Chile, pero también al comportamiento de la comunidad y de la familia y conocidos del menor fallecido.
Carabineros, bajo el mando del comandante Ramírez, implementó un dispositivo de seguridad reservado, estratégico y a la vez humano, que permitió proteger el orden público sin interrumpir la dignidad del momento ni la despedida íntima de la familia. Se realizaron 96 controles de identidad, 25 controles vehiculares, y se delimitaron los accesos al cementerio municipal. Todos los procedimientos se ejecutaron con respeto, sin confrontaciones, y con una pulcritud que merece reconocimiento.
En medio del dolor, la institución policial demostró que es posible ejercer autoridad sin arrogancia, y proteger sin reprimir. Y en estos tiempos donde la crítica a la seguridad pública es constante, es justo destacar cuando las cosas se hacen bien.
También es importante destacar el comportamiento de la ciudadanía. A pesar del contexto, no hubo incidentes ni disturbios durante el funeral. No hubo detenidos. No hubo provocaciones. Hubo respeto. Se entendió que el dolor de una familia no se soluciona con más violencia, y que cada gesto de contención es también un acto de sanación colectiva.
Las escuelas, por su parte, reaccionaron con prudencia, suspendiendo clases o permitiendo la salida voluntaria de estudiantes. Fue una decisión preventiva que antepuso la seguridad por sobre la rutina, con el cuidado de los más jóvenes como prioridad.
Este episodio debe dejarnos una lección clara: la seguridad es una responsabilidad compartida. No podemos dejar todo en manos de Carabineros o de las autoridades. Cada familia, cada vecino, cada institución educativa y cada comunidad debe asumir un rol activo en la construcción de paz y protección social.
Porque cuidar nuestra ciudad no es solo denunciar el delito, es también evitar el enfrentamiento, contener al que está dolido, acompañar al joven que está en riesgo, dar oportunidades y construir tejido comunitario donde hoy hay vacío.
Y sobre todo, es educar en el autocuidado, en entender que la violencia no puede ser el canal de expresión, ni el modo en que nuestros adolescentes tramiten sus conflictos o frustraciones.
Lo que ocurrió el martes fue una muestra de que sí podemos actuar con madurez, con orden, con humanidad. A pesar del dolor y de todo lo que pudo salir mal, la ciudad eligió que no se apagaran más luces por la violencia.
A la familia de Luis, nuestro respeto. A Carabineros, nuestro reconocimiento. A la comunidad, nuestro llamado: sigamos cuidándonos, sigamos protegiendo a nuestros niños y jóvenes. Sigamos eligiendo la vida, incluso cuando el dolor nos golpea más fuerte.
