Hace tres semanas, El Noticiero del Huasco publicó una denuncia que reflejaba con crudeza el abandono de un sitio eriazo en la población Quinta Valle. Vecinos, cansados de convivir con focos de inseguridad, consumo de drogas y la instalación irregular de personas en situación de calle, alzaron la voz. Y lo hicieron con razón.
Gracias a esa presión vecinal y a la cobertura mediática, se activó finalmente una respuesta. Funcionarios de la Delegación Provincial del Huasco, del municipio de Vallenar y Carabineros acudieron al lugar para realizar un operativo de limpieza y despeje. Una buena señal: cuando la ciudadanía se organiza, y los medios visibilizan, se pueden obtener respuestas. La recuperación de este terreno —aunque particular— representa un alivio inmediato para los vecinos, y una pequeña victoria para el orden y la seguridad barrial.
Pero no basta. Este caso refleja una realidad que se repite una y otra vez en Vallenar y otras comunas: la gestión pública tiende a ser reactiva, y no preventiva. Se actúa cuando el problema ya estalló, cuando hay presión social o cuando los medios lo sacan a la luz. Y si bien la limpieza del sitio es una acción concreta y bienvenida, los vecinos saben que no pueden bajar la guardia, porque la ocupación informal o los focos de delincuencia podrían regresar si no se implementan medidas sostenidas de vigilancia, planificación urbana y acompañamiento social.
Además, este episodio vuelve a dejar al descubierto una deuda aún mayor: el abandono del puente Añañuca. A escasos metros del terreno intervenido, se alza esta infraestructura crítica para la conectividad de la ciudad, que lleva años en total deterioro. Sin mantención, sin claridad jurídica sobre su titularidad y, por ende, sin inversión. Vecinos y dirigentes han planteado el problema, han asistido a reuniones, han exigido soluciones. ¿El resultado? Silencio y desidia institucional.
¿Cómo puede explicarse que un puente que conecta a cientos de familias esté en el limbo legal, sin que ninguna autoridad tenga la voluntad de resolverlo? Mientras se discute quién es el responsable, el puente sigue deteriorándose, y con él, la calidad de vida de una comunidad entera.
Por eso, esta editorial no solo celebra la intervención del terreno eriazo. Exige coherencia y continuidad. Porque la seguridad y el bienestar de un barrio no se construyen solo con operativos puntuales, sino con planificación, inversión y voluntad política.
Los vecinos merecen más que reacciones. Merecen una estrategia integral que considere la recuperación del espacio público, el acompañamiento a personas vulnerables, y la intervención urgente de estructuras clave como el puente Añañuca.
Lo urgente se atendió. Ahora falta lo importante.
