por Mad Max
La desesperación de la izquierda en estos últimos días de campaña resulta tan vergonzosa como tierna. Algunos cándidos entusiastas se alegran porque Evelyn Mathey aparece usando prendas rojas o porque Magdalena Piñera ha dicho que “no tiene candidato”, celebrando un supuesto desmarque de Kast que termina desmentido tres doritos después. La propia candidata Jara ha adoptado en carantoña las “buenas propuestas” de Parisi, tratando de convocar a un electorado que en su votación online anunció una adherencia de 20-2 a favor del rubio resistente a la pala.
La izquierda socialdemócrata, progresista, moderada o como quiera autopercibirse corre un riesgo muy serio este domingo, pasar de ser una de las principales fuerzas del binominalismo a convertirse lentamente en un movimiento testimonial muy parecido a la izquierda extraparlamentaria de los noventas.
El estado de las cosas se explica perfectamente, han hecho todo lo necesario para convertirse en una minoría desde que asumieron la caricatura del “wokismo” y, quedó demostrado desde el rechazo al primer desastre constitucional de la tía Pikachu, Atria y el pelado Vade, que la tendencia no pega en las masas populares chilenas, ello a pesar de los lamentos de la vanguardia de intelectuales que no se explican por qué la clase trabajadora los ha dejado de votar y observan con asco como el popular corre hacia candidatos brutales con las sensibilidades progres (machistas, funados, mentirosos, barbies de silicona, caucásicos, mujeres sin pene, papitos corazón, agresivos, fachas).
Este desconcierto se da porque parecen desconocer como opera el mecanismo de la identificación, pues como electores los seres humanos nos identificamos con las debilidades antes que con las virtudes de los candidatos. Así tomando a Parisi como ejemplo, mientras más lo canceló la izquierda a raíz de sus denuncias por acoso o de sus deudas por pensiones de alimentos, más se identificó el votante común con aquel. El tipo denunciado y que perdió su empleo o ese al que lo ingresaron al registro de deudores de alimentos y que no pudo renovar su licencia de conducir y perdió su trabajo en minería como operador de maquinaria y que ya no podrá ni siquiera manejar un Uber, evidentemente no se sentirá atraído de votar por una candidata que le ofrece profundizar en esas políticas con perspectiva de género que incidieron directamente en su vida. Para ese votante, que no son pocos- es él, su madre, su hermana, sus amigos y su novia- la identificación es con el cancelado no con los censores y así la elección resultará evidente. Mientras más cancelaban a Parisi, más consideraban los electores ese ataque como un ataque contra ellos mismos. Igual cosa sucede en los ataques a las debilidades de Kaiser y Kast.
El día post elecciones el análisis autocomplaciente será una vez más, y en el mejor de los casos, uno de condescendencia. Esto es ya lo viene advirtiendo la filósofa eslovena Alenka Zupancic, quien planteó que los extremadamente pobres combaten al lado de los extremadamente ricos y la izquierda lo único que hace es reñirlos o insultarlos o todavía algo peor comprender con condescendencia la función de los pobres.
Sin entender lo anterior, las posibilidades de recapturar al votante de Parisi por la izquierda son casi nulas. No comulga la promesa del líder del PDG ofreciendo “que vuelva la alegría, que vuelva la bohemia”, con el moralismo de lo políticamente correcto en que la izquierda liberal se encuentra atorada desde hace años. Ha existido un extraño giro, que lúcidamente constató Žižek en su ensayo “Como un ladrón en pleno día”, donde los perversos placeres obscenos, la ruptura con la corrección, incluso la sensualidad, la ironía y el humor ácido, se han desplazado a la derecha mientras que la izquierda se ha quedado atrapada en una telaraña tejida por la gran hermana de la cancelación, sin poder salir, enredada en un patético moralismo puritano lejos de los revolucionarios sesentas (y hasta de nuestros concertapoperos noventas) que reivindicaban la perversión frente al compromiso violando normas sociales de manera abierta como una alternativa o reverso del poder.
Mientras que la izquierda institucional ofrece reflotar el Estado de Bienestar con la práctica de políticas de austeridad en tanto defiende derechos multiculturales, de otro lado la derecha populista pone en práctica medidas de ayuda a los pobres con un programa de protección nacionalista y xenófobo. Es lo que Hegel llamaba die verkehrte Welt: el mundo al revés.
