EDITORIAL / A estar alertas: la violencia que se construye con silencios, ausencias y señales

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La amenaza de un tiroteo en un establecimiento educacional de Vallenar no puede ser tratada como un hecho aislado ni como una simple “broma” de mal gusto. Cuando un mensaje advierte explícitamente un posible ataque, apuntando incluso a un docente, lo que está en juego no es solo la seguridad inmediata, sino también el clima emocional de toda una comunidad educativa.
Lo ocurrido durante los últimos días —con mensajes encontrados en dependencias del liceo y la activación de protocolos de seguridad— refleja una realidad que, lamentablemente, ya no es lejana. Chile ha comenzado a enfrentar episodios de violencia escolar que antes parecían propios de otras realidades, y eso exige una respuesta seria, coordinada y, sobre todo, preventiva.
Es valorable que el Servicio Local de Educación Pública Huasco haya activado los protocolos correspondientes y que las instituciones encargadas, como el Ministerio Público y las policías, estén investigando los hechos. También es relevante que el establecimiento haya generado espacios de diálogo y contención, entendiendo que el miedo, la incertidumbre y la ansiedad son efectos reales en estudiantes, docentes y apoderados.
Sin embargo, este tipo de situaciones obliga a ir más allá de la reacción inmediata. La pregunta de fondo es por qué ocurren estos hechos. ¿Qué lleva a que un estudiante —o quien sea el responsable— exprese este tipo de amenazas? La respuesta no es simple, pero sí apunta a una combinación de factores: aislamiento, problemas emocionales, falta de redes de apoyo, y en algunos casos, la normalización de la violencia como forma de expresión.
En ese sentido, las acciones desarrolladas por el establecimiento en materia de convivencia escolar no solo son pertinentes, sino urgentes. Generar espacios de reflexión, promover la empatía, incentivar la expresión de emociones y reforzar la importancia de pedir ayuda son medidas que atacan el problema desde su raíz. No se trata únicamente de evitar un hecho puntual, sino de construir comunidades educativas más seguras y humanas.
La decisión de mantener las clases con normalidad también abre un debate necesario. Por un lado, transmite una señal de continuidad y control; por otro, exige asegurar que existan condiciones reales de seguridad y contención emocional para todos los involucrados. La tranquilidad no se decreta, se construye con acciones concretas y confianza en las instituciones.
Hoy más que nunca, la prevención debe ser el eje central. Detectar a tiempo a estudiantes que se sienten solos, vulnerables o invisibles puede marcar la diferencia entre un conflicto contenido y una situación de mayor gravedad. Aquí, el rol de docentes, asistentes de la educación, familias y autoridades es fundamental.
La violencia no aparece de un día para otro. Se construye en silencios, en ausencias y en señales que muchas veces no se ven o no se quieren ver. Por eso, este episodio debe ser entendido como una alerta. No para generar alarma, sino para actuar con decisión, responsabilidad y sentido de comunidad.
Porque al final del día, la seguridad en los colegios no depende solo de protocolos, sino de la capacidad de escuchar, acompañar y cuidar a quienes forman parte de ellos.

FOTO: REFERENCIAL

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