Irene Alvear Azcárate
El Tránsito, comuna de Alto del Carmen
Quisiera ocupar esta tribuna para alertar sobre un fenómeno que, si bien aislado y tal vez marginal, por lo estridente y virulento amenaza con ir mermando nuestra convivencia como vecinos.
Se trata del uso y abuso de la “opinión ciudadana” para agredir y denunciar, a través de redes, cartas u otros medios, tergiversando los hechos de modo de instalar falsas percepciones.
Es cierto que en Chile tenemos libertad de expresión, pero este derecho suele ser mal comprendido como que uno puede esputar cualquier cosa contra cualquier persona. Eso no es así. Como todo derecho, tiene límites, y uno de ellos es el respeto irrestricto de la dignidad de otro ser humano.
Tampoco se puede aceptar que se tergiversen hechos y se reinventen conceptos. Rayar un muro NO es un acto violento, a menos que se trate de una ofensa o insulto contra otra persona. Desde la época de las cavernas los seres humanos hemos usado los muros y las piedras para expresar una idea, una emoción, una opinión. En la era moderna, podemos discutir sobre si un rayado mejora o no la estética de un lugar o si estamos o no de acuerdo con su contenido, pero lo que no podemos hacer es torcer la comprensión mínima y común de la realidad para convertirlo en un acto violento en sí.
Lo que sí es violento es la publicación de ofensas personales en redes sin ningún argumento, solo con el fin de enlodar y atacar. Como esta es una comunidad pequeña, todos nos conocemos, sabemos de dónde venimos y qué hacemos; pero eso, precisamente eso, debe ser motivo de cuidado y respeto mutuo, y no se puede usar para desprestigiar y ofender al otro.
También es violento el ataque y la persecución de autoridades y ciudadanos, posteando sus fotos y nombrándolos en listas si es que participan en alguna actividad o manifestación, como si estuviéramos en los peores momentos de la dictadura. En Chile también rige el libre derecho a reunirse y manifestarse, y de eso puede gozar cualquier ciudadano, independientemente de su cargo, función o parentesco.
Es verdad que tenemos opiniones muy encontradas sobre cómo queremos que esta comuna se desarrolle y prospere. Algunas, en un verdadero peregrinaje por medios de prensa que prefiero no calificar, han querido convencer a la opinión pública de que Alto del Carmen es un lugar pobre y atrasado, y que necesitamos proyectos megamineros que nos “salven”. Para otros, entre quienes me incluyo, Alto del Carmen posee condiciones inigualables para un desarrollo humano integral que no pase por destruir sino que por conservar y proteger su extraordinaria base natural; me refiero a los glaciares, los ríos, el agua, la tierra, los cielos, el sol y todos los demás dones con los que nos ha bendecido la madre Tierra.
Sin embargo, seguimos siendo vecinos, compartiendo este espacio, y si de verdad lo queremos y valoramos, es imprescindible enmarcar los términos del debate en el respeto y el reconocimiento mutuo.
La democracia exige responsabilidad; pero, sobre todo, lo que está en juego acá es la convivencia de una comunidad de pocos habitantes que siempre se ha caracterizado por su generosidad y solidaridad, algo que debemos proteger siempre y por sobre todo, precisamente porque vivimos en condiciones de aislamiento y siempre estamos expuestos a diversas amenazas naturales cuya activación exige contar con un tejido social fraterno y sólido.
