Los Nombres de las Calles de Vallenar.

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6. Las Calles de Vallenar

Esta es la sexta reseña que haremos sobre la historia local, éste espacio ha logrado, sin saber yo cómo, ganarse a un nutrido número de lectores, muchos más de los que pensé originalmente, ésta ventanita asomada a un diario virtual se ha convertido a estas alturas en paradero ocasional de más de mil visitas, lo que lejos de enorgullecerme me pone muy nervioso, trataré en lo sucesivo de ir aportando renovadas ópticas en relación a la matriohistoria local; como no todos los lectores han visitado las reseñas anteriores excúsenme de cumplir con la obligación de tener que repasar algunas definiciones que ya hemos hecho, en especial sobre el sentido y definición de lo que entendemos por matriohistoria, cuestión que haré sucintamente e intercalada en la actual reseña, para no importunar la lectura de nuestros fieles, agudos y admirados lectores.

En esta ocasión trataremos sobre un libro muy especial, se trata de un concurso organizado por el Club Deportivo y Cultural El Algarrobo en el año 1981 , en dicho evento se invitó a los investigadores locales a participar enviando sus trabajos teniendo como tema central a las calles de Vallenar, las bases de ese concurso establecieron en 16 carilla el espacio máximo de extensión de cada trabajo presentado; a dicha cita respondieron variados escritores locales, teniendo como jurado a la sociedad de escritores de Atacama, SECH, sede Copiapó, quienes dirimieron a los ganadores de entre los participantes; los cinco trabajos laureados fueron reunidos y publicados en el año 1982, el texto se llamó “Las Calles de Vallenar” y contó además con un prólogo a cargo de don Juan Mulet Bou.

El primer trabajo que reseñaremos fue escrito por don Jorge Zambra Contreras y se tituló Vallenar: Calles, Callejones y Avenidas, texto que merecidísimamente se hizo acreedor del primer premio del concurso; a juicio de quien escribe estas líneas Jorge Zambra es la figura más relevante del acontecer cultural de la provincia del Huasco de las últimas cuatro décadas, por lo que tanto su figura como su obra serán tratadas en específico en una venidera reseña centrada exclusivamente en tan soberbia personalidad; bástenos con adelantar solo algunos elementos de juicios: Jorge Zambra Contreras es el único de los cinco autores premiados en el concurso de 1981 que se encuentra vivo, mucho más que eso, Jorge Zambra es el mejor escritor local de todos cuantos he leído, tanto en poesía, narrativa y en ensayo, a lo que sumamos sus contribuciones como periodista de variadas publicaciones locales, regionales y nacionales; el maestro Zambra ha marcado a generaciones de estudiantes con su sobria manera de habitar en el mundo, refinada cultura y amabilidad; sus múltiples intereses lo tienen hoy a cargo del Museo del Huasco, desde donde ha soportado las múltiples necedades y kilométricas ignorancias de cuanta autoridad local ha ocupado algún puesto de relevancia en nuestro maltratado valle; sin desmayar y con un alto concepto del ser humano, que supera con mucho al tosco espíritu de nuestros representantes, ha sabido llevar con franciscana dignidad su labor cultural, cultivando un bajo perfil, tan distinto de tantos otros actores culturales de la provincia, de cuyas obras y palabras solo termina flotando como colofón un poco agradable aroma a ombligo. Nuestro paladín cultural, don Jorge Zambra, a quien profeso admiración y agradecimiento, es un maestro zen de la tolerancia y la tenacidad; en pleno desarrollo y ebullición cultural, es posible verlo entre éstas calles dando de comer a cuanto perro en riesgo social encuentra, llevando a la práctica y a escala personal aquella máxima que dice que el desarrollo cultural de un pueblo se puede medir en la forma en cómo trata a los animales. Esta reseña solo puede dar una pálida idea de tan insondable figura cultural de la provincia; amigo lector, investigue, y lo más importante VISITE A DON JORGE ZAMBRA: Dirección: Prat 1542, Museo Provincial del Huasco, conocerá a un ser humano de esos que ya no abundan, su alma se lo agradecerá.

El texto de Jorge Zambra tiene variados méritos, en primer lugar comprende mejor que nadie que al hablar de las calle de Vallenar no es suficiente con esclarecer solo el origen de los nombres de nuestras calles, ya que las calles se han erigido sobre un contexto natural previo, que las sigue conteniendo, un rio, laderas, sonidos, olores, pregones, pájaros, un paisaje que fue habitado por los indígenas que vivieron en este paraje antes de que las calles fueran trazadas de manera tan arbitraria;  la calle es, por otro lado, una experiencia vital, las calles son lugares, escenarios del acontecer humano, son mucho más que un nombre que recuerde merecida o ignominiosamente a tales o cuales personajes del pasado; Jorge Zambra describe, como un pintor impresionista de la palabra, sus sensaciones al caminar por estas calles, entiende, como nos enseñó Jorge Teillier, que el pasado de los pueblos se lee en la palma de sus calles, y es por ello un acto sagrado. Otro mérito del texto de Zambra es que hace una lúcida lectura de nuestros paladines de la matriohistoria Huasquina: Luis Joaquín Morales y Juan Ramos Álvarez, a quienes ya hemos rendido nuestro homenaje en anteriores reseñas; Jorge Zambra complementa esas lecturas tutelares con oralidad recogida en sus conversaciones con antiguos habitantes de Vallenar, a quienes generosamente cita y cuyos relatos va conjugando con los datos históricos ya conocidos y otras primicias de su autoría;  Jorge Zambra añade voces populares, de uso coloquial, sobre las calles: “Voy al pueblo” decían antaño al referirse a venir al centro de Vallenar desde la periferia; Jorge Zambra intenta dar una mirada de la vida cotidiana que se daba en los antiguos callejones, habla de un escenario, no sólo de un nombre, no solo de una sucesión de casas que contigüas conforman calles.

Su texto se detiene en la actual calle Prat, en sus nombres anteriores: del Villar, Calle Larga, Constitución y Comercio, arteria principal de Vallenar, testigo de lo mejor de su arquitectura, cuyo pasado estilístico nuestro autor divide en 3 momentos diferentes: en primer lugar el clásico adobe de inspiración hispana con leve ornamento que supera coquetamente lo meramente funcional, que sucumbió en su mayoría en el terremoto del año 1922, siendo sus escasos  sobrevivientes actuales ejemplos de la arquitectura vallenarina primigenia; un segundo momento post terremoto, cuyos exponentes son el chalet de uno o dos pisos, construcciones livianas principalmente de madera, y un tercer momento arquitectónico, aquel referido al uso contemporáneo del concreto armado, la funcionalidad del diseño y el predominio total de las rectas; si le interesa saber más del tema revise el texto, se encontrará con ejemplos de cada una de estas etapas constructivas, las que en su mayoría aún son posibles de admirar en el centro de Vallenar con distintos grados de conservación.

El relato hace un acápite importante referido al cambio masivo en los nombres de las calles del centro de Vallenar, con motivo del fin de la Guerra del Pacifico, que llevó a nuestras autoridades locales de la época a tomar la mala decisión de rebautizar las calles en homenaje a los hombres de armas de mayor lucimiento en la guerra contra dos países hermanos, privándonos con ello de que nuestras calles luzcan nombres locales, perdiendo su identidad profunda y sumergiéndonos en el listado interminable de ciudades que tienen calles con esos repetidos nombres; a partir de 1880, además de calle Comercio que pasa a denominarse Prat, la calle de la Concordia pasa a denominarse Comandante Ramírez, la del Laberinto, Ignacio Serrano y la del Río, Sargento Aldea; el autor enumera algunas casas familiares e instituciones que tuvieron sus fachadas hacia esas calles y nos lleva a imaginar un Vallenar con carretas y recuas de mulas caminando por las calles, junto a birlochos y posteriormente victorias, llevando su rumor de ruedas y herraduras por calle Prat hasta calle Talca, el antiguo Barrio Frontera, donde las casas perdían cohesión entre si y calidad. El relato se aboca luego a caracterizar a los callejones del casco antiguo de Vallenar, Callejón Chamonate, que ha perdido ese nombre de clara raía indígena, El Callejón Ochandía, que actualmente se ha transformado en calle y el Callejón Tuna, que ha corrido la misma suerte.

El hermoso texto prosigue enfocado en la avenidas de Vallenar, aquí se pone de relieve a esa figura gigante del pasado Huasquino y Atacameño, el Cura Zavala, cuya vida ya reseñamos a través del texto “Bruno Zavala, Primer educacionista de Atacama” de autoría de Juan Espinoza Fredes; aparece la Avenida del Prado o Avenida Vieja, luego denominada Avenida Matta, y su conexión con calle Merced, cuyo nombre original fue de la Merced, en razón de la iglesia erigida por Bruno Zavala a la Virgen de la Merced en el sitio en que hoy se erige una Compañía Eléctrica. A la Avenida Brasil se le dedica una parte importante del texto, denominada antes calle del Puente, luego Paseo de la Libertad, fue la joya de los habitantes de este valle, fue escenario de la celebración de las fiestas patrias desde el año 1868 en detrimento de la Avenida del Prado, que la albergó antes; El Paseo de La Libertad fue, además, escenario de cruentos enfrentamientos armados en el contexto de la revolución de 1891, lo que dio pie hasta para que un autor Huasquino, don Honorio Henríquez Pérez, escribiera una novela sobre esos hechos luctuosos: Por la Gloria de San Ambrosio en el año 1919, que hizo merecedor a su autor de una mención honrosa en un certamen literario celebrado en Buenos Aires; sobre esa novela, variados autores locales se han referido, reseñándola y destacando a su autor como una de las figuras más relevantes de las letras huasquinas, siendo la primera y mejor crítica literaria la escrita precisamente por Jorge Zambra, en la edición del 09-01-1969 del diario El Día, seguido por otros autores como nuestro venerado Benigno Avalos Ansieta, en la edición del 01-07-1973 del diario El Día y en El Chañarcillo de 18-02-2000, Oriel Álvarez Gómez en la edición del diario Atacama de 02-05-1975 y en El Chañarcillo de 09-07-1995 y Kadur Flores en la edición del 17-08-1994 del diario Atacama, de nuevo en Chañarcillo de 23-10-1998 y diario Atacama, ediciones de 24-03-2002 y 21-03-2004.

El Paseo de La Libertad, se extendía desde el barranco sur hasta el muy conocido Puente Macaya, que estaba donde hoy conocemos calle Sargento Aldea (de ahí su nombre anterior: calle del Río), ya que el río corría mucho mas al centro del punto medial del valle a como lo conocemos hoy; en el paño de tierra que quedaba en su ribera sur, además del Paseo de la Libertad, estaba la llamada Quinta Cardani; el Paseo de La Libertad en su extremo sur llegaba muy cerca de la estación de ferrocarriles Huasco-Vallenar, cuya estación terminal estaba más o menos a la altura de lo que hoy es calle Santiago, lo que le otorgaba mayor afluencia a este distinguido paseo local; la gran crecida del río del verano de 1905-1906 destruyó completamente el Paseo de la Libertad, arrollando todo a su paso, como nos cuenta vívidamente don Juan Ramos Álvarez en su hermosa “Historia del Valle del Huasco” de 1948-1949, destruyendo también con su alud desbocado al puente, el que una vez más debió ser reconstruido, cuando el río del Huasco era una fuerza elemental de la naturaleza, un ser vivo, ciclotímico, lleno de bríos y no patrimonio exclusivo del club de regantes locales; posterior a esos hechos El Paseo de La Libertad pasó a llamarse Avenida Brasil en 1897, con el curso del agua amordazado, cuoteado y constreñido junto a la ladera del altiplano sur, con un nuevo puente inaugurado en 1928, bautizado como General Ibáñez, y generando el actual cariz que presenta ese sector.

El texto de Jorge Zambra está repleto de valiosa información, por lo que su lectura debiera ser material de consulta escolar, es identidad escrita, huele a Vallenar, trasunta amor por estas tierras, como hemos dicho es el mejor texto de los que fueron presentados al concurso y justicieramente se hizo acreedor del primer premio.

El segundo texto fue escrito por Kabur Flores Álvarez, y lo tituló como “Las Calles de Quinta Valle”, en él su autor realiza un listado de calle y a través de sus nombres va adentrándose en la historia local: calle Juan Ramos Álvarez, respetado historiador local, fallecido a corta edad, a quién ya dedicamos una reseña íntegra, designándolo junto a Luis Joaquín Morales como nuestros paladines de la historia matria; calle Jerónimo Godoy Villanueva, nacido en San Félix, poeta, reconocido por la posteridad por ser el Padre de Gabriela Mistral, figura cósmica cuyo nombre no intentaremos ni rozar con nuestros torpes vocablos; calles Humberto Ossandón Sierralta; Juan Godoy; Paitanás; Pascual Ruiz Rodríguez, nacido éste último en San Félix, connotado profesor y poeta; Calles Pedro Rico, quién, como bien sabemos, y por orden de Ambrosio O`Higgins, trazó las calles de Vallenar sobre el asentamiento indígena preexistente, en un acto de fuerza contra esa población originaria, el plano de ese trazado fechado en 1792 fue la carta de navegación sobre la que se construyó el antiguo Vallenar, destacando el edificio consistorial, construido en 1809, donde hoy se erige el edificio de la Gobernación Provincial, en ese antiguo edificio consistorial funcionaron las oficinas públicas y la cárcel, se le llamo también Los Portales, en razón de las columnas que lo sustentaban, en un estilo neoclásico hermoso, muy semejante al actual edificio de Los Portales de Freirina, declarado, éste último, monumento nacional. Este edificio vallenarino colonial fue destruido por el terremoto de 1922, construyéndose en su lugar el actual edificio de la Gobernación Provincial, también inspirado en la tradición arquitectónica neoclásica pero de mucha más reciente data.

El texto de Kadur Flores continúa enumerando nombres de calles y ensayando una pequeña biografía del personaje aludido: calle Jacobo Degeyter Carmona, poeta e historiador local, cuya inédita “Historia del Huasco” lo hiciera una figura muy reconocida en su época, del contenido de esa obra solo conocemos parcialmente lo rescatado por Juan Ramos Álvarez a través de su propio texto, recordemos que Kabur Flores era sobrino de Juan Ramos Álvarez, por lo que no sería extraño que él también tuviera conocimiento de la obra inédita de Jacobo Degeyter; el trabajo de investigación de Kadur Flores concluye con la calle Luis Joaquín Morales, quién es para nosotros la figura máxima de la historia matria, de nuestro terruño amado, a quién ya dedicamos una reseña exclusiva, resaltando su labor como médico, viajero, cronista, poeta, e historiador, y sobre cuya pista imborrable volveremos en venideras reseñas en éste mismo espacio.

Su texto es una exposición bien lograda de su amplio conocimiento local, el que en ocasiones le hace entregarse a digresiones sobre temas evidentes, explicando, por ejemplo, por qué las calles Añañuca o Algarrobilla se llaman así; del mismo modo su vena literaria romántica hace su aparición insertando poemas alusivos al nombre de algunas calles, por lo que su texto se nos presenta un tanto empalagoso, un tercer elemento poco feliz de su texto es su tenacidad en denominar como “Ballenary” a la ciudad de Vallenar, aportando con un factor de distorsión a nuestra historia local; más allá de eso su trabajo presenta hechos y datos de gran interés. La figura de Kadur Flores Álvarez, recientemente fallecido, también amerita un tratamiento exclusivo, por lo que en venideras reseñas nos abocaremos a algunos de sus más meritorios escritos sobre historia local, en especial su texto de investigación La Historia de Freirina y Su Iglesia, publicado en 1969 y pieza fundante en la investigación historiográfica en esa comuna de nuestro Huasco profundo.

El tercer texto comentado fue escrito por Alfonso Sanguinetti Mulet y se tituló Apuntes sobre la Plaza Ambrosio O`Higgins y es uno de los mejores, lo considero novedoso, inspirador, creativo, ya que encuentra una óptica no usada (ni abusada) por los demás autores, a excepción de Jorge Zambra, quién hasta el presente ha continuado investigando y desentrañando los distintos nombres que nuestra plaza central ha tenido en el pasado. Alfonso Sanguinetti es una de las figuras locales que amerita una reivindicación histórica, no solo por su rol en diferentes cargos públicos, sino por su aún no suficientemente valorado aporte al conocimiento de nuestra cultura local. Tal vez éste sea el momento de comenzar modestamente a hacerlo.

Alfonso Sanguinetti nació en el interior del valle en 1932, siendo muy joven se trasladó a Vallenar, residió durante gran parte de su vida en calle Serrano, entre San Ambrosio y Santiago, frente a lo que hoy es la panadería Modelo; sus intereses lo llevaron a desarrollar diferentes oficios afines a su mente inquieta, que lo transformaron en un conocedor cabal del Huasco Profundo, ese que solo abre sus puertas a quienes han dedicado su mejor empeño; en su juventud ingresó al Partido Comunista, colectividad por la que fue electo regidor en Vallenar por diversos períodos desde el año 1960 a 1967, año en que se convierte en funcionario municipal hasta el año 1972; en el año 1968, con el respaldo del grupo local Horacio Canales Guzmán, funda el Museo Provincial del Huasco, en razón de sus intereses en la arqueología e historia, entidad que funcionó originalmente en el segundo piso del cine municipal, desde donde comenzó su eterna e injusta peregrinación hasta el día de hoy; en año 1972 obtiene por concurso público el cargo de Conservador, posición que sostiene hasta el año 1980, a pesar de haber sufrido encarcelamiento por su militancia política, misma situación que lo llevará más adelante a su exoneración laboral definitiva, hasta su muerte en 1985.

Alfonso Sanguinetti era un personaje peculiar, extremadamente culto, se escribía cartas con todo el mundo, el listado incluye a un presidente de Uruguay: Julio María Sanguinetti,  don Alfonso era un cartista y un coleccionista de fuste, llegó a tener más de 15.000 estampillas postales y una colección respetable de fichas salitreras y de la minería local, fue además un fotógrafo de talento, teniendo en su poder un número importante de cámara fotográficas de gran calidad, dentro de sus fotos más conocidas se incluyen aquella sobre el desastre del puente de Vallenar acaecido en 1967, aquel día infausto don Alfonso corrió presuroso a su vieja carrucheta (perdón, don Alfonso!) Ford y se apostó en el lugar del siniestro, desde donde obtuvo ese material gráfico invaluable; don Alfonso, como debiera resultar evidente, reunió una colección infinita de libros, dentro de sus posesiones más preciadas estaba un ejemplar de la edición original del Canto General, de Neruda, autografiado personalmente con tinta verde por el insigne bate, por aquel entonces clandestino en Chile; otro libro autografiado fue Epopeya de las Comidas y Bebidas de Chile, de Pablo de Rokha, archienemigo del primero, pero ambos admirados por nuestro Alfonso Sanguinetti, ya que con ambos compartía una afinidad política, amén de sus costumbres de hombres sibaritas, devotos de la mesa bien dispuesta. Alfonso Sanguinetti era un hombre de bares, de tertulias, era un gran conversador, fue un catador eximio de cuanto líquido sagrado se produjo en este valle y en otras latitudes, era común verlo en su ritual diario, sentado muy de mañana en el extinto Restaurant Venecia, con un trago y leyendo el diario, según sus propias palabras “de chico me daban pajarete porque abre el apetito”. A Alfonso Sanguinetti le encantaba caminar por las calles de Vallenar con el diario El Siglo bajo el brazo, lo hacía de manera distraía, con el aire de quienes están pensando algo importante mientras caminan, de aquellos que meditan en movimiento.

Siendo muy niño tuve la suerte de conocer a don Alfonso Sanguinetti, en el Hotel Atacama, de propiedad en aquel entonces de doña María Veliz, correligionaria de don Alfonso y figura local también muy interesante; en esa ocasión me impresionó su conocimiento y la empatía en enseñar a un niño, en gastar algunos minutos en intentar explicarme el desarrollo indígena de este valle, me impresionó el concepto que usted tenía, don Alfonso, del ser humano y sus posibilidades infinitas de desarrollo, tal vez por ello elegí seguir sus pasos, vaya para usted mi homenaje y mi cariño. Lamentablemente su familia directa no tuvo la visión de guardar sus posesiones, sus invaluables apuntes, que escribía con una letra muy personal e indescifrable, como una clave encriptada en un idioma conocido solo por usted, perdiéndose así sus años de esfuerzo y todo el amor por esta tierra que contenían esos documentos preciosos.

Pero volvamos a su texto “Apuntes sobre la Plaza Ambrosio O`Higgins”, lo primero que resalta de su trabajo es que eligiera a ese lugar como tema para escribir su trabajo, ya que entiende que la plaza también es una calle, un ardid ingenioso por parte de Sanguinetti para cuadrar con las bases del concurso y al mismo tiempo plantear el tema que le interesaba; en Sanguinetti la Historia del Huasco gana en profundidad temporal, ya que integra la mirada arqueológica, asume que el tiempo en este territorio no comienza con la llegada de los españoles, ni se reduce a sus crónicas de vencedores, tan controvertibles, tan escuetas, tan medievales, Sanguinetti entiende que existen otros discursos posibles sobre el pasado, otras fuentes distintas y no reducidas sólo a las fuentes escritas de origen español: la arqueología es una de ellos, al igual que la etnohistoria, complementaria con ésta, pero independiente, con métodos propios, con teoría propia, científica, a veces contradictoria con las versiones mitologizantes con que la historia decimonónica ha creado su relato; en Sanguinetti el Guasco” comienza con la llegada de los primeros hombres americanos, hace al menos 14.000 años atrás, ese es su mayor mérito: abrir una nueva puerta temporal mucho más ancha, coherente con esto es que se entiende su rol preponderando en la creación del Museo Provincial del Huasco, nombre con que él lo designó originalmente y que aún conserva, abierto a una provincia entera, no centrado solo en Vallenar.

Sanguinetti nos sumerge en una plaza de Vallenar antes de ser plaza de Vallenar, habitada por poblaciones Molles, Diaguitas e Inka-Diaguitas, durante los Períodos Agroalfaero Temprano y Tardío, según testimonian sus propios hallazgos arqueológicos encontrados en las inmediaciones de lo que hoy es el edificio municipal y el kiosco ubicado en su vértice nor-naciente; nos hace soñar imaginando tolderías indígenas emplazadas en el lugar, como también nos informó Luis Joaquín Morales en su fenomenal “Historia del Huasco” de 1896-1897.

Alfonso Sanguinetti actualiza los saberes locales, los confronta con las ciencias sociales del siglo XX, por ello relativiza las traducciones lingüísticas de las palabras “Paitanás” y “Guasco”, con que nuestros buenos historiadores locales han creado su relato simplificador de nuestra identidad, se atreve a decir que esas palabras no tienen una traducción confiable hasta hoy, es decir avalada por estudios serios; Sanguinetti nos sumerge en una plaza en un comienzo sin árboles, más despejada aún de cómo la dejaron sus actuales e histéricos remodeladores, urbanistas de autocad; Sanguinetti nos comenta que los actuales pimientos que hermosean nuestra plaza no son tan antiguos como se cree, nos hace viajar a una plaza que se llamó “Plaza Mayor” en un tiempo en que estuvo rodeada de murallones de adobe en su contorno, donde sirvió también como plaza de abastos y en que nuestros civilizados españoles celebraron sus tradicionales corridas de toros, enseñándonos como martirizar a nobles animales para la entretención humana.

Sanguinetti asevera detalles interpretativos importantes, que otros cronistas locales no se percatan: se pregunta porque, lograda ya la independencia, las nuevas autoridades locales chilenas, que intentaron borrar todo vestigio español rebautizando buena parte de nuestras calles e hitos, optan por rebautizar nuestra plaza central como “Plaza Ambrosio O`Higgins”? Su respuesta es sencilla, convincente y asociada a su hijo Bernardo, el padre de la patria, más no de nuestra matria local.

Sanguinetti concluye su trabajo pasando revista a los monumentos que contiene la plaza, obras del famoso escultor local José Carocca Laflor: los bustos a Ambrosio y Bernardo O`Higgins, la hermosa escultura titulada “El Secreto de la Fuente” y “La Vendimia”, que estuvo originalmente frente a la Iglesia San Ambrosio y que debió ser trasladada a su actual ubicación en Avenida Brasil debido a los reclamos de la ultrasensible feligresía, así como la llamada Torre del Centenario, donada a Vallenar en 1910 por la colonia extranjera residente al cumplirse el primer siglo de la independencia chilena, que al igual que La Vendimia fue trasladada a Avenida Brasil, donde ha sufrido la impiedad de la salvajada local, viéndose robado su reloj y mereciendo continuas reparaciones; Sanguinetti finalmente  hace una recomendación de tipo ornamental y ambiental: plantar Palma Chilena en la plaza, su comentario no puede ser más actual.

El cuarto autor de éste libro es nuestro conocido Francisco Ríos Cortés, a quien ya dedicamos íntegramente la reseña del mes anterior, enfocados en su libro Por las Riberas del Huasco de 1981, éste autor concursó en el evento organizado por el Club Deportivo y Cultural El Algarrobo con el mismo trabajo que ese mismo año incluyó como un capítulo más en su libro ya reseñado, por lo que no haremos un nuevo comentario sobre su obra, sólo resaltaremos sus aportes puntuales contenidos en su trabajo, al que denominó Las Calles de Vallenar”.

El texto de Francisco Ríos Cortés presente varias novedades y polémicas en relación a los anteriores autores; nos cuenta de una calle larga que nacía en Freirina y que corría junto al río hasta entrar a Vallenar por el callejón que perteneció en esa época a don Ventura José de Herrera, asevera que calle Prat luego de perder su nombre original, del Villar, en homenaje al primer subdelegado de Vallenar, Martin Gregorio del Villar, pasó a llamarse Constitución, en homenaje a la constitución de 1833, y que luego de eso se le comenzó a llamar Calle Larga, hasta que fue rebautizada como calle del Comercio. Aquí notamos uno de los mayores aportes y, paradójicamente, también  confusiones que éste autor nos entrega: el nombre de las calles no solo son oficiales, también son vernáculos, populares, de uso y costumbre, a veces coinciden y a veces no; el autor no siempre hace la diferencia cuando se trata de un nombre oficial o un nombre de uso y costumbre, para nosotros ambos son importantes ya que nos indican señales interesantes, pero son de muy distinta naturaleza: mientras el nombre oficial emana de los pareceres de la clase patricia dirigencial, el nombre vernáculo viene de una fresca voz del pueblo, que hace referencia a funcionalidades, hechos, sátiras, gustos, etc. Un ejemplo de esto, no anotado por ninguno de los autores de este libro, es que la actual calle Alonso de Ercilla, antes Recova o “de la Recova”, (debido a que en ella funcionó un establecimiento municipal de venta de abastos, exactamente en la esquina de la actual Alonso de Ercilla con calle Merced) se debió formalmente llamar calle Luis Joaquín Morales, como nos cuenta Juan Ramos Álvarez en su libro, a partir de un acuerdo de la Honorable Junta Municipal del año 1933, así como calle Hospital se llamaría Roberto Naranjo Ossa y no Juan Verdaguer como hasta ahora, ninguna de estas situaciones parece haberse verificado en los hechos más allá de ese acuerdo formal y no tuvieron acogida en el uso y costumbre local.

Francisco Ríos Cortés nos cuenta que la plaza se llamó “Plaza de Armas” hasta 1930 aproximadamente, nombre no recogido por Sanguinetti, y que luego, en 1934, pasa a denominarse “Plaza O`Higgins”, no “Plaza Ambrosio O`Higgins”, aquí anotamos una nueva diferencia con Sanguinetti. Nos comenta sobre una calle del centro de Vallenar no nombrada por Jorge Zambra en su trabajo, nos referimos a la actual Calle Fáez, cuyo nombre se ha mantenido inalterado desde la revolución de 1859, en que las fuerzas de Pedro León Gallo sitian Vallenar, luego de nutrir su tropa con los mineros de Carrizal, deponiendo al defensor de la plaza local, el coronel y gobernador de Vallenar, don Manuel Antonio Fáez, quién luego de sofocada la revolución sería reinstalado en su cargo y su nombre será homenajeado con la calle homónima. Se desconoce cómo se llamó Calle Fáez antes de llamarse así.

Francisco Ríos Cortés nos comenta que Calle José Joaquín Vallejos se llamó antes calle Escuela, como recordamos todos los que tenemos más de 35 años, en razón de que donde actualmente está la oficina de correos de Vallenar funcionó la primera escuela de la ciudad, fundada en la corta época de la patria vieja, en 1813, durante el gobierno de José Miguel Carrera, la que fue una de las primeras escuelas del país. Al referirse a la actual calle Sargento Aldea, Francisco Ríos Cortés anota que se le llamaba popularmente “de los cachos”, ya que en sus inmediaciones funcionaba el matadero municipal y la calle estaba cubierta de cachos, no anota, como si lo hace Zambra, que la calle se llamó, antes de Sargento Aldea, del Río, ya que como se dijo antes, el río pasaba por ahí hasta el gran aluvión de 1905-1906, luego del cual se encajonó artificialmente sobre la ladera sur de Vallenar; en este mismo gran evento destructivo que se desencadenó sobre la ciudad se produjo la destrucción de la famosa Quinta Cardani, además toda la zona de calle Sargento Aldea y Fáez a la altura se calle Santiago fue barrida, transformándose en lecho de río, allí don Juan Guillermo Femenías construyó de su pecunio algunas viviendas de material ligero, por lo que el sector pasó a llamarse Barrio Femenías, posteriormente, ya superada la tragedia y trazadas las calles pasó a denominarse Calle 14 de julio, en alusión obvia a la toma de La Bastilla durante la Revolución Francesa.

Calle Nueva Freirina tiene un origen ligado a las históricas desavenencias que existieron entre las administraciones políticas de Vallenar y Freirina, ya que junto a la fundación de Vallenar, Ambrosio O`Higgins exigió el traslado de la población de la población de Santa Rosa a Vallenar, lo que se cumplió parcialmente, en paralelo, el sitio y el sector ocupado hoy por esa calle era un botadero de basura que la población del casco antiguo de Vallenar utilizaba para ese fin y se la llamaba irónicamente Nueva Freirina, luego la calle fue trazada y mantuvo ese nombre nacido como una ofensa de la población vallenarina a nuestra amada ciudad vecina de Freirina.

Francisco Ríos Cortés continúa pasando revista a los nombres de las calles cruzadas del centro de Vallenar, prosigue con calle Matriz, actual San Ambrosio, al autor nos cuenta que en esa calle, justo donde actualmente está el patio de la iglesia, existía una parroquia aún más antigua, denominada Iglesia Matriz que le dio el nombre a la calle, del mismo modo que la actual Iglesia San Ambrosio le da por extensión el suyo a la vía que corre por su espalda. Finalmente el autor profundiza sobre el nombre de la actual calle Ochandía, nos comenta que antes de tener ese nombre era conocido como el Callejón de la casa de máquina de los Ovalle, que era un establecimiento donde se recibían y procesaban minerales, al cerrar esa casa se comenzó a llamar Callejón Ochandía, en razón de encontrarse próximo a una hermosa quinta cuyos dueños era de apellido Ochandía.

El quinto y último autor de este muy interesante libro es don Luis Hormazábal Godoy, antiguo y conocido vecino de Vallenar, periodista autodidacta, regidor por esta ciudad por los períodos 1963, 1967 y 1970; éste autor nos regala un relato de quién ha vivido muchos años entre estas calles, intercalando su conocimiento de las fuentes históricas locales clásicas sumado a su propia experiencia vital; Hormazábal Godoy comienza su relato situando el origen de Vallenar con el acto de su fundación en 1789 y desde ahí va intercalando sus aportes sobre el nombre de las calles de Vallenar; su ubicación dentro del libro hacen que muchos de sus datos ya estén suficientemente plasmados en los cuatro autores anteriores, sin embargo nos regala algunos datos novedosos, además de plantear algunas diferencias con los autores anteriores que comentaremos.

Un aporte interesante es aquel referido a los nombres anteriores de la actual calle Ramírez, Hormazábal Godoy no anota el nombre de Concordia, pero apunta referido a ella el nombre de “calle del Cuartel Viejo, seguramente en relación al antiguo cuartel de policía que funcionó en la actual calle Ramírez casi esquina de José Joaquín Vallejos y que fuera destruido por el terremoto del año 1922; además de una denominación aún mas vernácula también para la actual calle Ramírez: calle “de la Piedra Resbalosa”; al referirse a la actual calle Juan Verdaguer, nos cuenta que como sabemos se llamó hasta hace muy poco como calle Hospital, para lo cual recomendamos al lector interesado consultar a Juan Ramos Álvarez para conocer en detalle la historia de nuestro hospital y su mecenas Nicolás Naranjo Palacios, cuyo nombre fue borrado injustamente al trasladarse nuestro hospital a su actual ubicación. Hormazábal Godoy sitúa en el terremoto del año 1833 la destrucción de la Capilla de la Matriz que dio nombre a esa calle antes de ser rebautizada como San Ambrosio. Otro dato interesante en el trabajo de éste autor es que menciona a la quinta Díaz o Galeb, expropiada para construir allí la actual Villa O´Higgins.

Este autor tiene la feliz idea de incluir también en su trabajo el nombre de las principales calles de las poblaciones de Vallenar, donde obviamente detecta que esos nombres tienen muy poco que ver con nuestra historia local; aparecen en su relato los antiguos nombres de nuestra poblaciones, especialmente interesante es el nombre de Pueblo de los Indios, anterior a Los Canales como hasta hace poco se llamó la población Rafael Torreblanca. Del mismo modo rescata el nombre del sector Gómez de la actual población Baquedano, ex La Polvorera, éste sector se pobló con posterioridad al terremoto de año 1922, donde buena parte de la población del caso antiguo de la ciudad prefirió alejarse del fondo del valle instalándose en el sector de Canchas de Carrera, actual Población Hermanos Carrera, para luego ser asentadas en el costado poniente del cementerio de la ciudad, gestión hecha por el gobernador de Vallenar de la época, Alfredo Gómez, cuyo apellido pasó a denominar en lo venidero a ese sector hasta nuestros días.

Luis Hormazábal Godoy incluye en su relato al sector de Quinta Valle, donde además de repetir algunos nombres ya tratados por Kabur Flores en su trabajo, incluye algunos otros nombres no referidos por éste autor, nos cuenta que durante la década de los 50`s se procede al plan de edificación de Quinta Valle, comprándose esta Quinta y parte de barrio residencial de Callejón Ochandía, llamado hasta ese momento de manera vernácula El Vaticano, se procede a la prolongación de las calles Prat y Serrano, allí surgen los nombres de Abel Armand y Eugenio Carbonell, ingenieros franceses que levantaron las mensuras sobre las que constituyeron la Sociedad Chileno, Alemana y Holandesa, posteriormente devenida en  CAP; menciona además a la calle Tulio Bagnara, en homenaje a un ingeniero de CAP fallecido en un accidente laboral y calle Carlos Cardani, conocidísimo vallenarino que además fue quien primeramente hizo manifestación de las vetas aún no explotadas de Algarrobo.

Para finalizar esta larga reseña quisiera plantear algunas cosas, en primer término me parece de la máxima importancia el tema de las calles de una ciudad, en especial sus sucesivos cambios de nombre, ya que en nuestro caso se trató de momentos donde se perdió buena parte de nuestra identidad local objetivada, se trató en su mayoría  de decisiones inmediatistas, desafortunadas y populistas por parte de nuestras autoridades locales en diferentes momentos de nuestra historia.

En segundo término es más o menos evidente que parte de éste error histórico mayúsculo ha sido reparado por las denominaciones de las nuevas calles de las más recientes poblaciones de Vallenar; me refiero a Villa Juan López como representante del precario urbanismo de origen público, y Villa Los Escritores, Las Pircas y Altos del Huasco, como representantes de la entrada en la escena local de las empresas constructoras nacionales, donde, en especial en estos dos últimos casos, el impacto de la construcción masiva de viviendas tipológicas, uniformes, sin ninguna identidad local, ha sido amortizado por el bautizo de sus calle con nombres que recuerdan a la historia local, de seguro se trató de una sagaz estrategia de marketing de esas empresas constructoras que repiten en todas la ciudades donde se instalan, la que al menos tuvo ese pequeño sentido de particularidad, de localidad, que en algo consuela la falta de identidad que significa su extrema uniformidad constructiva y estilística.

Un tercer elemento dice relación con el rescate de los nombres antiguos del centro de Vallenar, por ser ese el lugar donde la autoconstrucción con estilo local tuvo su escenario, ahora en proceso de avanzada destrucción por la remodelación y recambio masivo de las fachadas de esas propiedades, debido al ingreso de conocidas y horribles apuestas estilísticas como farmacias y casas comerciales nacionales; no pretendemos el retorno a los nombres antiguos, es decir no postulo, por ejemplo, que calle Prat deba llamarse de nuevo “Calle Larga” o “Comercio” (aunque sería hermoso), debido a que su actual nombre, fruto en su momento de una muy mala decisión, ya tiene más de 130 años de consolidación, si me parece del todo factible que en dicha calle y en todas las calles del casco antiguo existan placas conmemorativas a sus distintos nombres anteriores, y no solo a ello, sino que también a los sucesos de mayor relevancia que la tuvieron como escenario; con eso nuestra ciudad ganaría mucho en espesor cultural, en densidad histórica; en resumen, si no se detiene el proceso de destrucción masiva del patrimonio arquitectónico de Vallenar pronto el centro de la ciudad será un mall con nombres de calles que, en su mayoría, no obedecen a nuestra historia local; aquí es mucho lo que se debe y puede hacer.

Ahora me voy a caminar un rato, las calles se deben gozar, me iré por calle Marañón, de la cual nadie sabe porqué se llama así, haré el retorno en la Avenida del Prado hasta la calle del Río, a ver si éste, que es la vía más antigua de todas, me acompaña con su voz de silencio.

Ficha Técnica.

-Libro: “Las Calles de Vallenar”. Publicación de Trabajos de Investigación Histórica, Club El Algarrobo.

-Autores: Jorge Zambra Contreras, Kadur Flores Álvarez, Alfonso Sanguinetti Mulet, Francisco Ríos Cortés y Luis Hormazábal Godoy.

-Primera edición año 1982, 72 Páginas; Impresor: Club Deportivo y Cultural El Algarrobo.

-Precio referencial: Joyita invaluable

 

Por: Franko Urqueta Torrejón, Taller Cultural José Martí, Pueblo Hundido, verano de 2013

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