Juan Vallejos García, travesía minera y poética

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Juan Vallejos es si duda un personaje de otro tiempo. No puede uno escucharle hablar y no recordar a los abuelos o a viejos parientes idos, en especial si se proviene familiarmente de algún clan pirquinero, campesino o de esta variopinta geografía rural del norte chileno. Él habla como los antiguos, en términos y palabras en desuso por las nuevas tendencias culturales, por los medios de comunicación y la influencia de cuanta nueva pomada ha asomado por la ceja de este valle, a lo largo de su historia.

Es que uno oye sólo de vez en cuando palabras que antaño debieron sonar comunes en aquellas entretenidas chácharas de tarde fresca en la plaza de Vallenar; o bien por los callejones polvorientos que aún eran, hace apenas unas décadas, varias calles que hoy presumen de céntricas y residenciales. Así se hablaba de seguro en las cientos de minas que rodeaban la ciudad y cuyo trajín rugía seguramente más alto que la propia urbe. Así se hablaría a la entrada del cine Plaza, en las puertas de la municipalidad, en las oficinas del seguro, en almacenes y emporios, en burdeles y tugurios a media luz de la noche bohemia ida.

Nacido en Pozo Almonte, bajo el inclemente sol pampino, hace ya 81 años. Dejaría muy pequeño el delirio de la pampa para recaer primeramente, en el puerto de Coquimbo “me trajeron en un buque, a la edad de siete años” señala don Juan, agregando que hasta esa edad “no tenía conocimiento, no me acuerdo de nada”

Recalaría pocos días después de bajar a tierra en el pueblito de Las Sossas, al interior de Ovalle, en donde empieza a hacer sus primeras letras al ingresar a la escuela. Cuenta que para ir a tomar clases, desde el primer día “me vistieron de marino, el capitán del barco me regaló un traje de marino, pantalón corto, una chaqueta y un gorro de marino. Y así tal como estaba, mi padre me mandó a la escuela y allá dijeron: ¡miren el marino de agua dulce! Y tras patás con el marino en… para qué le voy a mencionar la erre. Me patearon tanto que parecía pelota de fútbol”

Fue con ese desafortunado debut que don Juan llegó a recibir su instrucción primaria. Él mismo devela que por esa edad, o bien por los ocho años, fue que “como si a mí me sacaran un gorro, ahí tuve conocimiento, también de por qué me pegaban. Un día llegué llorando a la casa, y mi padre como apoderado fue a la escuela y puso el reclamo, y ahí me dieron un consejo: ¡voh como marino tenís que defenderte! ¡Si es igual que un militar! Entonces desde ahí acompañé a mi padre, y me enseñó a pelear”

El pequeño Juan comprendió así que con puños, desde ahí en adelante, habría que recorrer los caminos; pero también con el ingenio, ese que su padre también inculcó a su primogénito, ya que él también trabajaba duro sin dejar de lado la galantería de un versito o de alguna cancioncilla improvisada para amenizar cualquier situación.

Con su padre don Juan anduvo entre los ocho y los quince años de edad, ayudándole en su trabajo de vendedor ambulante. Recorrían la zona de Ovalle y sus alrededores junto a un borrico fiel, aventurándose por huellas de cabreros, visitando majadas y pequeñas minas, donde ofrecían todo tipo de verduras, frutos secos, charqui, leña y un cuantohay de productos para abastecerse.

Pero saber pelearle a la vida no se queda sólo en la metáfora. Había que aforrarle también a los pelusones esos que no permitían en la escuela de Las Sossas el traje de marinerito del pequeño Juan.

“Mi padre me echaba las dos patitas en uno de esos sacos arroceros, en cada pierna, me ponía otro saco al anca del burro, y me venía durmiendo. Él trasnochaba, eran como 70 kilómetros (de Coquimbo a Las Sossas) nos veníamos a las dos de la tarde llegábamos directo como a las seis de la mañana, y de ahí pescábamos mulares e íbamos a vender pescado a Ovalle, 30 kilómetros más. Ahí él tomaba su traje blanco, con guantes, las uñas bien cortadas, todo, y me enseñó a pelear. Como a los seis meses, quisieron hacerme otra vez la broma en la esuela, y yo que “los pesco al ala” y gritaba uno ¡Huguito se va a morir!… a ese le saqué sangre de narices y metió al hermano también… salí medio crúo pa’l ala… y ahí me respetaron, pero tuve que votar el traje de marino”

Se acuerda don Juan que una tío lo vestía, su padre no ganaba poco en sus ventas, algo así como 8 mil pesos de ese tiempo, pero lo malgastaba en el juego “Él se iba a entregar los ocho mil a los changos que le echaban los chivos.. los dados que se llaman… con don cinco, dos seis”

Cuenta don Juan que su padre llegó a adquirir 20 animales, una tropilla ya para seguir ofreciendo mercadería “Y yo estaba para sujetar los cajones cuando cargaba, los sacos… era marucho, como le llamaban en ese tiempo. Una vez acá en Vallenar un caballero me insistía tanto con que yo había sido marucho… después supe que el caballero era del sur, y por allá le dicen marucho a los colipatos…”

Luego de cumplir los quince años, nuestro personaje se enamoró “un día estaba embelezado mirando, pasó un burro cargado con pescado, entonces viene mi padre corriendo con un alambre doblado y me aforró en el espinazo. Caigo al suelo y me paro, me arranqué, desde las dos de la tarde a las cuatro de la mañana llegué a golpearle ahí a mi mamita, y me escondí cuando llegó. Póngale que tenía él media tonelada de pescado, lo perdió todo, todo su capital por ir a buscarme a mí, hasta que me pilló durmiendo en un pajero…”

La paliza que recibió el ya adolescente Juan es de imaginarse, pero sería la forma de comprender que debía seguir su rumbo solo. Sin embargo este desprendimiento no sería hasta la edad de 17 años, cuando su padre volvió a castigarlo, ahí la cosa estuvo dura: “Me zafó tres dedos de una mano. Entonces yo busqué un compositor, y después me fui a trabajar a una mina. Me arranqué sin nada, dormí quince días en las puras tablas, mi hermano me consiguió pega en un desmonte de una mina de Tamaya. Así que ahí a los cinco meses, fui a Ovalle, me vestí bien y compré dos sobrecamas, así de altas, una para poner arriba de tapa y otra abajo. Y fui a ver a mi mamita, se llamaba Olegaria del Carmen. Mi padre me perdonó”

La estadía en el legendario mineral de Tamaya sería breve, pero el primero de tres que se suscitarían en este ir y venir del joven aventurero Juan Vallejos. Por ese tiempo, ya independizado del hogar, se emplearía en un criadero de aves, luego de ello se inscribió en el servicio militar obligatorio “en Iquique hice el servicio, también la sufría tanto porque mis labios se me hacían tira, en ese tiempo las balas tenía que recogerlas con la boca uno, esos eran los ejercicios. Allá conocí a un compañero que se llamaba Codoceo, muy bueno, y a ese le gustaba la cuestión de las rimas”

Tenemos aquí un antecedente más sobre la influencia de la poesía en la vida de Juan Vallejos. Un compañero de la milicia que gustaba de versear y componer breves canciones al instante.

“Ahí le sacamos un verso a la marcha, entonces nos llevaron a la oficina Mapocho a campaña, y ahí no eligieron a todos los que sabíamos versos, poesía, bailes y otras cosas, teníamos que alegrar a los otros compañeros. Los que vivían ahí cerca de la oficina venía a mirar, hicimos una velada artística, entonces nosotros le cantamos la marcha y le gustó mucho a la jefatura. Y nos dieron veinte días de permiso, platita pal bolsillo y pasajes…  ¡a Ovalle, miércale! Llegué de militar a mi casa”

Pese a los años, y haciendo gala de una memoria privilegiada que le caracteriza, don Juan se toma un tiempo para rememorar aquella marcha que sería su debut en los escenarios de la poesía.

La Marcha de los reclutas, es la que le gusta más

Porque ellos nos mandan adelante, ¡Carrera! ¡Mar!

A Hacer los giros de ejercicio

Tenderse y levantarse y a la playa ¡Carrera! ¡Mar!

Muchas gracias mi Teniente,

Por su tema de instrucción,

Ahora somos soldados defensores de la nación.

Luego del servicio militar en Iquique, don Juan se regresa a trabajar en la mina de Tamaya “Era el año 1952. Trabajé ahí hasta 1955, entonces me vine acá a Vallenar. Llegué con un amigo, Rafael León, un compañero de trabajo, llegamos a una pensión en la calle Carmen de la población Carrera”

Su primer trabajo fue con la conocida familia Shwarze, para cargío de metal en Carrizal Alto. “Allá no había ni un poco de agua para lavarse. Las manos las teníamos  amarillas, para tomar el pan… aguanté catorce días”

Luego de esa breve incursión por Carrizal alto, don Juan, junto a dos compañeros, se vino a Vallenar “aquí estaba lleno de pega, había mucha pega… de barretero me ofrecieron, yo dije que no sabía barrenar, pero me dijeron que barretero le decían acá a machar fierro” entonces los tres se presentaron ante un jefe, don Juan oficiaba de vocero, en una oficina de calle Serrano, atestada de gente en busca de un cupo. Era ni más ni menos que para trabajar en otra mina legendaria: Huantemé.

“Allá habían más de cincuenta viejos, con linguera y todo, y había un caballero en Bienestar, que le faltaba un ojito, del momento que me vio me agarró mala, dijo que no había pega y nos cerró la ventana. Entonces conseguí un casco y me metí a la maestranza a hablar con el jefe, y él fue donde este gallo a preguntarle por qué no había contratado a las tres personas que había mandado… y le va descubriendo una botella de pisco que tenía el gallo debajo de la mesa, estaba curao, y lo mandó a dormir. Mi jefe era Ladislao Garvasi, le decían “El Paipa”. Allá en Huantemé nos echaron a la Troya. De cincuenta viejos que había trabajarían diez, los demás métale cueca. El capataz se llamaba Pablo Villalobos, y me llamó ¡oye negro ven!… ustedes le están sacando el día acá a estos huevones, así que van a ganar una moneda extra”  Ahí se ganaron 950 pesos cada uno. Era la terraza número 50, y luego los llamaron de la 36. Ahí se ganaron más de mil pesos. Los buscaron de otras terrazas, de una en especial que le tocó difícil al joven Juan Vallejos.

“Tenga cuidado acá, porque hay muchos choros. Ahí estaba el famoso José Quemao, que usaba un pañuelo hasta acá (se toma la nariz), lo olorosaba a uno y decía pucha que trasciende a tizao usted ño… era choro. Después tuve una cueca con él, porque con un cuchillo así tan grande me iba a matar, pero salto y le aforro una patá y la cuchilla salió así p arriba, y ahí salieron los otros aquí en Ventanas. Le aforré una patá en la guata a otro, y cae, y después un combo. Y ahí quedó, yo dije a este lo maté, pero me dijeron déjelo ahí no más. Luego como a las tres horas se levantó solito y se fue a Huantemé, que quedaba cerquita”

Serían tres años de ardua labor en Huantemé, siempre poniendo en práctica las lecciones de boxeo que le enseñara su padre en la niñez. El respeto era una veta tan difícil de lograr como las que escondían los piques en la mina. En la terraza 38 don Juan era conocido como El Indio, porque era bueno para el trabajo, y también para repartir puñetes si alguien se los buscaba con insistencia.

“Llegó una vez un gringo preguntando cuánto ganábamos ahí. Cuatro lucas le dije. Yo les pagaría cinco lucas si usted me hace una cuadrilla de unos doce viejos para llevármelos a la mina San Antonio”

Y ahí nuestro personaje se nos fue a esta mina, también legendaria en el Huasco, con la promesa de ganar como mínimo cinco mil pesos de la época, pudiendo duplicar la cifra si el esfuerzo lo ameritaba.

Pusieron el aviso, como dice don Juan, ahí en Huantemé (es decir, renunciaron) y se fueron a vivir al Hotel Atacama los que eran de afuera. Don Juan se mantuvo en la pensión de la población Carrera, esperando que iniciaran los trabajos en la San Antonio.

A los pocos días un camión se llevó al grupo junto a unas casas portátiles para iniciar las faenas. Sin embargo esta estadía sería demasiado breve, sólo un par de días, pues el convenio económico conversado con el gringo no se mantuvo, es más, éste prefirió contratar a operarios que hacían la misma pega por mucha menos plata. Así que don Juan y varios otros se vinieron a Vallenar, a pie, sin plata, con todos los bultos, con hambre y con la mala suerte para don Juan, que hasta un perro le mordió una canilla a la entrada a la ciudad.

El caso es que días después le pagaron a don Juan algún dinero por lo que había trabajado en San Antonio, más un buen anticipo ante la llegada de Fiestas Patrias. Entonces, se fue a la Sastrería Garín, que quedaba más arriba de Provida, en calle Prat, “me mandé a hacer un terno de medida, de pies a cabeza, un terno de súper oveja… no gastaba uno ni cinco lucas. Me mandé a hacer dos ternos, y me fui bien cacharpeado a Ovalle, y después de eso, cuando se me acabó la plata salí a torrantear otra vez”

Regresó don Juan a Vallenar, a buscar pega. Encontró en la mina Cristales. Estuvo ahí cerca de un año. Anduvo también por la mina Dos Amigos, cerca de Domeyko. Luego de eso se trasladó a Chañaral, a la mina Carmen “ahí trabajé preparando el explosivo, machando fierro, y otras cosas. Ahí pagaban trescientas horas de sobretiempo, por cada camión que se cargaba te abonaban dos horas de sobretiempo, y en una hora cargábamos cuatro camiones. Almorzábamos a las once, apuraditos, y las doce ya estábamos cargando camiones. Se ganaba plata allá”

Pero como todo lo bueno, no duraría demasiado, y pronto se acabaría la pega en la mina Carmen. Otra parada en esta travesía minera sería en la mina La Suerte, cerca de Chañaral “ahí busqué yo mismo un punto, lo trabajé, era una veta “A” así como filitos de fierro, que se limpia y se va anchando” ganó plata dos meses, hasta que pegó una falla muy fea, una salida a parrandear por tres días que le costó la pega. Como tenía una tía en el puerto donde se quedaba, se puso a trabajar como estibador de barco.

“Me gustó Chañaral, trabajé en los barcos, gané más de cuatrocientas lucas, en ese tiempo era mucha plata, trabajaba en unos lanchones, dos horas no más, cargando barcos y ahí tocaban un pito y había que esperar otro barco. Pero aguanté como cuatro días no más, me mareé con el movimiento del mar”

Luego de Chañaral, vendría la última etapa en Tamaya, donde se quedaría hasta que la mina cerró definitivamente. En ese mineral don Juan viviría un suceso muy parecido a de los 33 mineros atrapados en la mina San José. Allí Tamaya querría llevarse consigo a la profundidad a nuestro avezado personaje “Dieciocho horas quedamos encerrados. Así agachados, los otros compañeros se hicieron de todo, yo me quedé quietecito y ahí esperé. Yo me persignaba, la única defensa que tenía era un escapulario de la Virgen de Andacollo, de trapito, esa nos salvaba de grandes peligros”

También menciona don Juan la mina Olvido “donde un día me descuidé mucho y quedé pelao porque los piojos se llevaban las frazadas”

También fue obrero agrícola, donde las hizo todas, por mucho tiempo en casi todas las haciendas cercanas a Vallenar. En el sector de Camarones, al interior de Vallenar, estuvo seis años trabajando la tierra, especialmente en el cultivo de tomates, los que se daban grandes y jugosos en los terrenos que hoy ocupa en embalse Santa Juana.

También, en un lugar muy especial, conocido como La Totora, ubicado a un par de kilómetros al norte de la ciudad, don Juan se inspiró para dedicarle algunos versos a aquel vergel:

Yo trabajé en la totora

En un predio solitario

Me ganaba la comida

Y un poco de salario

Laborando de bombero

Y también de carpintero

Le crié 2000 gallinas

Y le hice un criadero

Reconoce don Juan, a estas alturas “fui harto borracho. Tenía una sola tenida, Mi mamita me echaba a la cama para lavarme el pantalón. Dos años así hasta que encontré una mujer que me dijo, no te da vergüenza Juan, yo conozco a tu papá, tu podís pololear conmigo. Y me fui a presentar donde el papá de ella”

Con esta dama, en plena juventud, anduvo don Juan cerca de seis meses. Otras musas ocuparon su tiempo y sus escritos. La poesía fue para ellas, tanto como para los veneros mineros donde tuvo aventuras memorables, la cuales han nutrido sus versos desde siempre.

“El dos mil dos me dediqué a la poesía. Me empezaron a fallar las piernas, tuve un accidente con una carretilla, me hundí un hueso y me jodí la cadera” cuenta don Juan. Ahí, inmovilizado, y luego con muletas, se dio el tiempo de recopilar en verso sus vivencias, con la particularidad de ser, hasta donde hay conocimiento, el único poeta popular del Huasco que declama sus creaciones, estilo ya perdido en la actualidad y que muy interesante sería revivir.

Famoso es su poema de “El Puente” referido al puente Huasco, lugar de tragedias y estación fatal para quienes acuden hasta allí a terminar con sus vidas al saltar hacia el vacío. Dicen así algunos versos de esta obra:

Esta es la historia  de un puente

que yo les voy a contar

del puente que construyeron

aquí, frente a Vallenar

Este fue mal construido

porque solo se cayó

y un saldo  de ocho muertos

entre el escombro quedó

Toda la gente corría

por el terrible accidente

muchos  de ellos lloraron

de ver allí a sus parientes

Hombres, mujeres y niños

con rostros entristecidos

de ver que tanto clamaban

entre  fierros retorcidos

Dos publicaciones recogen esta rica experiencia trotamunda. “Añoranzas de Vallejos”, un éxito de ventas y de demanda por parte del público que habitualmente busca sus libros. Y “Juan el Aventurero”, una recopilación de narraciones que le transportan a la niñez, a su trabajo como vendedor junto a su padre, además de varias otras anécdotas de viaje y diversos otros oficios que desarrolló en su vida.

Él mismo es Juan El Aventurero, él mismo protagoniza su vida y la comparte con sus lectores. Y aún trabaja, en sus creaciones literarias y en labores de construcción también. Hace poco estuvo pegando unos bloques y le quedaron las manos bien rasmilladas. Pero no se queja. No le tuvo nunca miedo al trabajo, aunque le duele que en su jubilación no le hayan considerado varios años de trabajo minero. Ha reclamado y tratado de que se le reconozcan esos años de antigüedad, y de durísimo trabajo, pero la burocracia todavía no da señales de solucionarle ese problema.

Tuvo seis hijos, uno de ellos ya muerto. Vive con su señora en la población 18 de septiembre. Es un ilustre vecino de aquel sector, cuyos vecinos se enorgullecen de tenerlo como uno de los suyos. Ha estado un poco enfermo, al igual que su esposa. El trabajo de largos años ha minado la fuerza física, el cuerpo ya no responde como ayer

Pero don Juan no pierde el ánimo. No se acaba la poesía. Tampoco su curiosidad y sus ganas de contar su vida. El poeta popular sigue presente, declamando con voz firme sus creaciones a las nuevas generaciones del Huasco.

Y yo seguí caminando

Y cometí una tontera

Es difícil que lo lleven

Andando en la carretera

Tenía mis buenas piernas

Y lo demás son lesera

 

Milko Urqueta Torrejón

El Noticiero del Huasco

 

 

 

 

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