Columna 18: “A ella le gusta que le dé, y yo le doy”

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Antes que todo, queridas y queridos lectores de esta modesta columna de expresión ciudadana, tengo el deber de aclarar que este provocador titular al que estoy echando mano, y que proviene de lo más selecto de la discografía reggaetonera y sus derivados, se ajusta a una manía mía de llamar vuestra atención con tal de sumergirle a usted en una experiencia lectora sinigual y enriquecedora… (¡Sale pa’llá tonto! Me decía mi amigo Pato Loco que hace rato no se ve por el centro… a propósito ¿Alguien ha visto al Pato Crazy?… informen por favor, gracias)

Vamos a lo nuestro. Y lo hemos abordado antes en pasadas columnas: qué poca empatía se percibe en el ambiente social por el cristiano contemporáneo, con quien nos tocó caminar en este territorio y en este minuto de la historia, y con quien debiésemos al menos tener un mínimo de acuerdo y sintonía con tal de sobrellevar una vida comunitaria en paz y con bríos de crecimiento y superación. Para eso, creo yo, definimos voluntariamente agregarnos a este poblado que decidió instalarse en este tramo del valle, hace ya más de doscientos treinta y tantos años, sin considerar la extensa era precolombina en que por Paitanas se dispersaban seguramente grupos familiares en torno a un río prístino.Seguramente el vestigio arqueológico más de algo podría enseñarnos sobre ciertas relaciones solidarias, lo creo firmemente, que se cultivaban en esos entonces en este mismo suelo que pisamos.

Pero bueno, no es intención de esta columna rajarse con discursillos morales, como ciertas tribunas radiales en donde molestan particularmente el pelo largo, la falda corta y las ideas soñadoras, sino aportar en el progreso de esta comunidad no sólo enfocado en el ingreso económico y en el tamaño del último auto o celular. Lo vital es centrarse es gastar palabras en el proyecto social que queremos defender y concretar.

Y es aquí cuando creo que cultivar solidaridad es una herramienta valiosa y necesaria, que no consiste sólo en ejercer la caridad en tal y tal campaña de ayuda frente a una urgencia puntual, sino en valorar la existencia de nuestros semejantes, con quienes compartimos los días y con quienes establecemos relaciones y vínculos de toda especie. Por ejemplo, ayer me fijaba que la calle Prat, exactamente desde la esquina naciente de la plaza Ambrosio O’Higgins hasta la intersección de Talca, es todavía la pasarela obligada del compadre que gusta de exhibir, no tanto el auto nuevo que se compró luego del primer año de trabajar en alguna minera del norte, sino que el manso ni que requetemonstruosamente terrible equipo de parlantes con que el gentil vecino nos ofrenda su delicado gusto musical a toda la comunidad. De ahí proviene, con precisión, el título y el sentido de la presente columna, y podríamos utilizar varias otras ilustres piezas musicales de la refinada discografía del trap, el reggaetón y otras variaciones que afortunadamente desconozco y que, lo confieso, he soportado por exactos veintidós segundos antes de lanzar lejos el audífono.

Respeto el gusto musical de quienquiera que se deleite en su consumo, sin embargo cuestiono los decibeles con que el vecino y la vecina nos comparten obligatoriamente sus inclinaciones musicales. Y no sólo en el Vallenar céntrico se produce este generoso derrame de creatividad, sino que es muy común que en cualquier villa o sector residencial, a la hora del aseo dominical, la vecina le ponga su buen Marc Anthony a todo el estrecho pasaje, para el gozo imaginable del trabajador que recién viene llegando del turno nocturno o de la guagua que hizo trasnochar a sus padres primerizos. Pero eso no pareciera importar, menos al vecino de enfrente que decide responder el gusto musical foráneo de su contrincante, con una robusta selección de cumbia-ranchera de agrupaciones criollas.

Existe de hecho, desde este año, una ordenanza municipal en cuanto a respetar a la población con discapacidad en la condición del espectro autista y del neurodesarrollo… pero poco y nada pareciera importarle al compadrito del rico bramador en el auto tuneado, al que podría ofrecernos desde sus megaparlantes un concierto de Tchaikovsky, o bien a quienes, en vez de romperse mutuamente las botellas de vidrio en la cabeza durante las animadas tertulias nocturnas de las escalinatas, decidieran dejarlas intactas en los recipientes recolectores para su posterior reciclaje.

¡Pero aún hay Patria ciudadanos! como decía Manuel Rodríguez Erdoíza cuando los ánimos libertarios andaban por los suelos. Y lo ofrendo en una vecina anónima a quien he visto, en la escalinata José Joaquín Vallejo, atender a un escuálido pimiento con sendas dosis de agua que ella misma transporta desde su casa en pesados botellones. En usted, querida y admirable vecina, cuyo nombre me comprometo a averiguar y difundir, palpita la demostración viva de que el cambio social es posible… ¡seguiremos informando!

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