La reciente muerte de un joven en situación de calle en pleno centro de Vallenar ha encendido nuevamente la alarma en la comunidad. Más allá de la conmoción y la tristeza, lo que se impone es una sensación de abandono: vecinos que viven con temor, sectores convertidos en focos de descontrol y medidas que, pese a ser anunciadas con bombos y platillos, no logran traducirse en soluciones reales.
La instalación de casetas de seguridad vacías, la presencia intermitente de patrullajes y los constantes anuncios de planes de seguridad parecen más un ejercicio para silenciar críticas que una política capaz de devolver confianza a los habitantes. La realidad es que los hechos violentos continúan ocurriendo y la percepción de inseguridad crece, porque la comunidad ve que, en la práctica, las propuestas quedan a medio camino.
La seguridad ciudadana no puede reducirse a parches ni a reacciones tras episodios trágicos. Se necesita un trabajo integral, sostenido y coordinado que considere prevención, control efectivo y, sobre todo, seguimiento a las medidas implementadas. Los vecinos tienen razón cuando señalan que si un grupo es retirado de un sector, al poco tiempo otros ocupan su lugar. Es una dinámica que revela la ausencia de estrategias de fondo y de largo plazo.
Los espacios públicos son para la convivencia, no para transformarse en puntos inseguros donde familias y estudiantes deben circular con miedo. La inversión en infraestructura, como casetas o cámaras, solo tiene sentido si viene acompañada de presencia real, fiscalización constante y un compromiso serio de las instituciones responsables.
Lo que se exige hoy no son más anuncios ni gestos para la galería, sino acciones que funcionen, que se sostengan en el tiempo y que dejen de convertir la seguridad en una promesa incumplida. Porque la inseguridad no se combate con discursos: se combate con hechos.
