Las últimas cifras entregadas por el INE revelan una vez más la dura realidad que enfrenta la provincia del Huasco. Mientras el país y la región muestran signos de crecimiento económico, los habitantes del valle conviven con una tasa de desocupación que no solo crece, sino que refleja la precariedad de un modelo que genera riqueza en el papel, pero no se traduce en oportunidades concretas para las comunidades locales.
El contraste es evidente: mientras se habla de promedios históricos de crecimiento económico en Atacama, la provincia del Huasco carga con el aumento de sus desocupados y con sectores completos, que siguen perdiendo empleos. En paralelo, la informalidad laboral, aunque disminuye en porcentaje, aún representa un refugio para quienes no encuentran cabida en empleos formales, dejando en evidencia la fragilidad del sustento diario de muchas familias.
Lo que ocurre en el Huasco no es solo un problema estadístico, es un síntoma de la desconexión entre el crecimiento macroeconómico y el bienestar real de las personas. Cada punto porcentual de aumento en la desocupación se traduce en hogares sin ingresos estables, en jóvenes que migran buscando futuro, y en mujeres que enfrentan tasas de desempleo aún más altas. Esa brecha social se profundiza cuando las promesas de desarrollo se quedan en discursos, sin políticas sostenibles que aterricen en el territorio.
Es urgente, entonces, que las políticas públicas y privadas converjan hacia un objetivo común: transformar el crecimiento económico en desarrollo humano. La provincia del Huasco no puede seguir siendo solo un territorio extractivo que engrosa cifras nacionales. Requiere inversión diversificada, fomento a la economía familiar y local, y un compromiso real con la creación de empleos dignos. Solo así las cifras dejarán de ser un grito de alerta y se convertirán en señales de esperanza para sus habitantes.
