El patio perdido de Vallenar

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En Vallenar, la identidad no nació en las oficinas públicas ni en los planos urbanos. Nació en los bordes: en los sitios eriazos, en los cerros, en el río. Para quienes crecimos en sectores como Avenida España o Torreblanca, la infancia no tenía límites claros. La casa no terminaba en la puerta; se extendía hasta la última quebrada y la poza más profunda del Huasco.

En una ciudad con escasa infraestructura recreativa durante décadas, los niños hicieron del vacío un territorio propio. Donde otros veían abandono, nosotros veíamos canchas, pistas, desafíos. Subir al cerro, tirarse al río o recorrer las “Los cerros” no era solo juego: era formación. Ahí se aprendía el riesgo, la lealtad y el sentido de pertenencia.

Pero esa expansión hacia la calle también tenía una raíz más dura. Las políticas habitacionales de los años 80 dejaron a muchas familias viviendo en condiciones de hacinamiento. Casas pequeñas para grupos grandes, sin espacios de intimidad. En ese contexto, la calle no era solo libertad: era escape. La esquina reemplazó al living, y la banda de amigos se volvió una segunda familia.

Hoy, el paisaje urbano ha cambiado. Donde antes había tierra y piedras, hay plazas, multicanchas y espacios públicos mejor equipados. Sin embargo, algo no calza: esos lugares están vacíos. La infraestructura llegó, pero la vida comunitaria no volvió con ella.

¿Qué pasó?

Parte de la respuesta está en dos procesos que marcaron profundamente a estos barrios. Por un lado, la irrupción de la droga —en particular la pasta base— que deterioró el tejido social y sembró miedo en espacios que antes eran de encuentro. Por otro, el avance de la vida digital, que ha desplazado la experiencia colectiva hacia el encierro individual frente a una pantalla.

A esto se suma un cambio más inquietante: la transformación de los códigos de convivencia. Antes, incluso en el conflicto, existían límites. El “mano a mano” era una forma de violencia, sí, pero contenida, con reglas. Hoy, esa lógica ha sido reemplazada por una cultura donde el estatus se asocia al poder de fuego y la transgresión sin consecuencias. La violencia deja de ser un episodio y pasa a ser un lenguaje.

El reciente suceso de una joven en una discoteca local no es un hecho aislado. Es una señal. Algo se ha quebrado en la forma en que convivimos, en cómo valoramos la vida y en los referentes que ofrecemos a las nuevas generaciones.

La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria: ¿qué identidad puede construir un niño o joven que ya no habita su territorio, sino que le teme?

Vallenar ha crecido, se ha modernizado y ha mejorado su infraestructura. Pero el desarrollo material no garantiza comunidad. Sin vínculos, sin apropiación del espacio y sin confianza, las plazas son solo cemento bien diseñado.

Recuperar el “patio” no significa volver al pasado ni romantizar la precariedad. Significa volver a entender el espacio público como un lugar de formación social, donde niños y jóvenes puedan encontrarse, moverse, reconocerse y construir reglas propias de convivencia.

Porque al final, una ciudad no se mide solo por lo que construye, sino por lo que permite vivir en común.

FOTOGRAFÍA: REFERENCIAL

Por Jorge Enrique Santibáñez Zepeda,

Sociólogo

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