Sr Director:
Primero que todo, mis disculpas a los colegas que lean esto, puede que exista falta de objetividad en mis palabras. Dejé a un lado mi rol como profesional que cumple funciones en una institución. Hoy me tome la licencia para hablar más allá de la comunicadora y periodista, con estudios en el extranjero y experiencia laboral en diversas áreas. Me tomo este permiso, porque deseo hablar desde la esencia, de donde nace (o se hace) la vocación y nos entrega el privilegio de escuchar historias para contarlas.
Trabajo en una fundación que rehabilita niños en situación de discapacidad, la más importante de Chile. Dentro de mis funciones, está precisamente eso: relatar historias que permitan sustentar la rehabilitación de niños y jóvenes. Para algunos solo morbo, para otros, la manera en que los grandes poderosos del país evaden impuestos y realizan “la obra buena del año”.
¿Caridad que disfraza intereses propios? Lo más probable. ¿Qué el estado se debe hacer cargo? Por supuesto, pero para que eso suceda, tendremos que esperar varios años y gobiernos más. Sin embargo, más allá de lo evidente, quiero ir a lo esencial, a eso que no se ve en las “27 horas de amor” televisivas. Quiero que usted entienda que acá se cambian vidas, incluso de quienes no somos pacientes.
Me gustaría invitarlos a vivir un día acá, tener el placer de sentarse a conversar con alguno de los niños y jóvenes que luchan por su rehabilitación. Ver la cotidianidad a través de sus ojos, sus pasos y aquella incapacidad física que “por cosas de la vida” les toco. Entender que no son “pobrecitos”, que merecen una sociedad inclusiva que les permita no solo rehabilitarse, sino desarrollarse como jóvenes, trabajadores, estudiantes y chilenos.
Ellos no quieren que les “regalen” educación, pensiones, bastones o sillas de ruedas. Ellos quieren que les regalen oportunidades laborales, espacios públicos para desplazarse con comodidad y que la libertad de desenvolverse por su propia cuenta, no sea un privilegio de algunos, sino de todos. Ellos quieren que sus padres los vean felices, que no sientan angustia al dejarlos. Retribuir de alguna manera todo lo que han hecho por ellos, como cualquier hijo agradecido.
Estamos en deuda, como estado, sociedad y chilenos. Es urgente un cambio, partiendo desde la casa, desde ese compañerito que mira raro al “discapacitado” porque es diferente. Debemos exigir colegios preparados para recibir y educar a estos niños y jóvenes. Las empresas deben mirar más allá de la silla de ruedas o la dificultad al hablar, porque estoy segura que cuando incorporen un número mínimo de trabajadores en situación de discapacidad, conocerán lo que es realmente un empleado comprometido, agradecido y responsable con sus funciones.
Necesitamos espacios públicos inclusivos, donde “la señora” no ocupe el estacionamiento preferencial en el supermercado porque estaba apurada. Que nuestra planificación vial, incluya más pasarelas, más ascensores, más semáforos con sistema braille. Todo eso es posible, y lo sé, porque lo vi. En España, por ejemplo, no es raro ver a una persona en discapacidad tomando el metro en hora punta. Las calles si tienen asfalto en condiciones para que una silla de ruedas pueda desplazarse sin dificultad. Ojalá copiáramos un buen ejemplo más seguido.
Creo importante reflexionar, y si al leer esto lo hizo, he cumplido con el propósito. La vida son etapas, no olvidemos, que después de la rehabilitación, la vida debe continuar y en eso, todos tenemos responsabilidad.
Atentamente,
Jennyfer Ubilla Reynoso
Periodista y Licenciada en Comunicación Social
