A 11 años del Bicentenario, Vallenar sigue siendo la misma ciudad “chatita” de hace 5 décadas

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Hace no muchos años, mientras compartía una mesa de un céntrico café de Santiago con un antiguo coterráneo radicado hace bastante tiempo en la capital, me dijo en una parte de la conversación: “Vallenar sigue siendo la misma de hace 50 años, una ciudad ´chatita´, con el mismo centro urbano y hasta con los mismos 50 mil habitantes de siempre”.

En un principio, sus palabras me parecieron muy ofensivas y tajantes, hasta llegué a dudar de la veracidad de sus sentimientos cuando me confesó que seguía amando su tierra natal; pero, más tarde, en la hora del reposo en la tranquilidad de la residencial donde me alojaba, le encontré toda la razón.

Me acordé de aquella conversación, hace algunas semanas cuando vi un video en youtube que muestra a Vallenar en una toma aérea mediante un dron y, efectivamente, la ciudad sigue siendo la misma de hace 50 años atrás, con el mismo casco inmobiliario central, salvo los cambios cosméticos de las calles comerciales, porque el centro urbanístico sigue siendo el mismo, basta una mirada somera de las calles Marañón, Merced, Ramírez y Serrano para darnos cuenta que permanecen tal cual; se extraña una presencia urbanística moderna, como sí la han tenido las ciudades vecinas de Copiapó y La Serena.

Sin embargo, pienso que tal vez- para los nostálgicos y románticos del ayer (entre los que me cuento) sigue siendo lo mejor que le puede pasar, porque mantiene su esencia de pueblo, donde cada rincón de ese Vallenar de antaño nos significa alguna reminiscencia imborrable que hoy se disfruta, por ese esquive que le plantea al paso inexorable del tiempo que dan en llamar “progreso”.

Por ejemplo, cuántos preferiríamos que se mantuviera en pie el viejo galpón del Teatro Plaza, en vez del insípido edificio que lo reemplazó; o la torre de la iglesia San Ambrosio que le daba el sello a la ciudad; ni hablar del inigualable edificio conocido como “El Castillo” que construyó el alemán Max Nolff en la década de los años treinta y que fue reemplazado por una mole metálica que no aporta ninguna identidad.

En contraste, no se puede dejar de reconocer cuán grato, cómodo, seguro y confortable es movilizarse hoy por los distintos rincones de la ciudad, a pie o en vehículo. Antiguamente, bajar caminando al centro desde una población periférica significaba llegar con los zapatos cubiertos de polvo, porque todas las calles eran de tierra; hoy, hasta el pasaje más humilde está pavimentado y las conexiones de las poblaciones con el centro urbano cuentan con magníficas escalinatas de cemento. Todo ha cambiado, en este sentido.

Pero tampoco podemos dejar de reconocer que el resto del norte crece y se desarrolla y actualmente son otras ciudades. Por ejemplo, hace 50 años, Calama era un campamento minero, hoy está completamente transformada y moderna; Iquique, antes de la Zofri era una anémica caleta que tuvo su despegue fulminante a fines de los años setenta; en tanto, Copiapó era una ciudad de menor consideración que Vallenar, al grado que a comienzo de esa misma década un grupo de representativos vallenarinos pidió que esta ciudad fuera designada capital de la entonces provincia de Atacama, en vista de su crecimiento urbano, económico y sobre todo cultural. Pero, casi coincidentemente, en Copiapó se instaló el boom de los parronales y la cabecera regional despegó al punto que hoy casi la triplica en habitantes y con un inalcanzable desarrollo inmobiliario y comercial.

En paralelo, Vallenar, con su ritmo calmo de pueblito, mantiene su viejo terminal rodoviario de hace 56 años, en tanto Copiapó acaba de inaugurar su moderno Terrapuerto a la entrada sur de la ciudad; Vallenar es la única ciudad de la región que mantiene su viejo estadio de fútbol, con su pista atlética de tierra, sus gradas de madera y su tablero marcador de madera; el resto cuenta con estadios con pista atlética derecortán, algunos con butacas y la mayoría contableros marcadores electrónicos, como Tierra Amarilla y Freirina, por citar solo dos casos de comunas menores. ¡Para qué lo vamos a comparar con el “Luis Valenzuela Hermosilla”!

Ni hablar del edificio consistorial que ya cumplió su vida útil, con más de 50 años de servicio. En cambio, Tierra Amarilla y Chañaral acaban de inaugurar sus nuevas dependenciasmunicipales, con modernos diseños que concitaron aplausos de los respectivos vecinos y les dan galanura a ambas ciudades.

Estamos a 11 años de celebrar el Bicentenariodel título de Ciudad, once años que pasan “volando”. ¿Tendremos alguna transformación sustantiva para entonces? ¿Llegaremos a tan significativa fecha con obras estructurales que reflejen la modernidad de la ciudad?  O ¿Seguirá siendo la misma ciudad “chatita”?…

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