La primera luz de una estrella: el debut de Estrella del Huasco

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El sol aún golpeaba tibio la tarde del 4 de mayo de 2013. Las sombras se estiraban en la cancha mientras la gente, con calma expectante, entraba por calle Talca y se acomodaba para presenciar un hecho que, sin saberlo aún, se tornaría leyenda. Un nuevo equipo, con nombre de brillo y tierra, hacía su aparición en el firmamento del fútbol chileno: Estrella del Huasco, que luego tomaría el nombre de la ciudad de origen.
Era el inicio de un sueño en la Tercera División, un sueño que comenzaba con el murmullo de la ilusión. Enfrente, Real Juventud San Joaquín, un rival vestido de azul con franjas blancas y rojas, una camiseta que recordaba a la mítica Sampdoria de Italia, como si la épica estuviera predestinada.
Once nombres fueron llamados a escribir las primeras líneas de esta aventura: Carlos Julio, Felipe Silva, Sebastián Barraza, Cristian Ñeculir, Juan Cortés, Marcos Robles, Patricio Vidal, Andrés Pailacura, Gilberto Torres, Ricardo Silva y Ricardo Fuentes. En el banco, Ramón Climent comandaba con carácter y fe, acompañado por Wilson Contreras como ayudante e Ismael Quezada como preparador físico.
El partido arrancó con dominio del equipo verde. Estrella del Huasco tocaba el balón con serenidad, buscando espacios con paciencia, aunque sin claridad en el último pase. Desde la banca, Climent no dejaba de alentar, su voz era eco constante en la cancha. La velocidad punzante de Ricardo Silva y la inteligencia en la distribución de Patricio Vidal eran las primeras armas con que se intentaba abrir la muralla rival.
Pero como suele ocurrir en las grandes historias, la primera prueba llegó temprano. A la media hora, el árbitro sancionó un penal para San Joaquín. Nelson Beltrán, con frialdad, marcó el 0-1. Un balde de agua fría que sacudió el ánimo, pero no la convicción.
Entonces, cuando el reloj marcaba los 35 minutos, ocurrió el primer acto de rebeldía heroica. Una pared perfecta entre Marcos Robles y Andrés Pailacura terminó con Gilberto Torres irrumpiendo el área rival por el costado derecho. Fue derribado, y el árbitro no dudó: penal. El propio Torres tomó el balón con determinación y marcó. No fue solo un gol: fue el primer gol oficial en la historia del club. Un gol que gritó el alma del pueblo, el inicio del relato que aún no termina.
Solo cinco minutos más tarde, una nueva pincelada: Andrés Pailacura asistió con maestría, y Ricardo Silva, con clase y determinación, batió la resistencia rival. 2-1. Así se cerró el primer acto, con el estadio encendido y el corazón latiendo fuerte.
En el segundo tiempo, Estrella del Huasco no bajó los brazos. A los pocos minutos, una falta fuera del área fue ejecutada con preparación y categoría entre Vidal y Robles para que finalmente Ricardo Fuentes, anotara el tercer gol. El cuarto gol llegó tras una jugada brillante de Gilberto Torres, que tejió una diagonal letal y definió con precisión quirúrgica.
Y para sellar la jornada mágica, Patricio Vidal (uno de los motores del equipo) se encargó de cobrar un tiro libre que se transformó en poesía y red: el quinto gol. Desde el banco se sumaron también a la historia Leonardo Araya, Felipe Cortés y Luis Cabello, quienes ingresaron en el segundo tiempo y sintieron en sus pies el peso de la historia.
Aquella tarde, el cielo del fútbol chileno vio nacer una estrella. No por el marcador, ni por el rival, sino por lo que se encendió en cada hincha, en cada jugador, en cada niño que sueña con vestir esa camiseta albiverde algún día.
Porque esa tarde no solo se jugó un partido. Esa tarde se escribió la primera página de una historia que aún vibra en cada cancha donde se haga presente Vallenar.
Y así, con cinco goles y un pueblo detrás, nació Estrella del Huasco. Y como toda estrella verdadera… nació para brillar.

 

Por Aníbal Carvajal

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