En una tierra marcada por su historia sísmica, la pregunta no es si ocurrirá un gran terremoto en la región de Atacama, sino cuándo. La reciente sacudida de 6,4 grados en la escala de Richter que remeció la zona ha vuelto a encender las alarmas en la provincia del Huasco, recordándonos que estamos en una zona de alto riesgo sísmico. Hace poco más de tres años se cumplieron 100 años del devastador terremoto de 1922, aquel de 8.5 grados que dejó a la región —y particularmente a nuestra provincia— sumida en el caos. Un siglo después, muchos de los factores de riesgo siguen presentes.
Uno de los focos principales de atención es la ciudad de Vallenar. Así lo advierte el geólogo y director de la sede Vallenar de la Universidad de Atacama, Juan Campos, quien señala que esta capital provincial es un punto crítico debido a su alta concentración poblacional y la mezcla de edificaciones antiguas y modernas. Los suelos blandos, que podrían amplificar las ondas sísmicas o sufrir licuefacción, son un factor adicional de preocupación.
Pero el riesgo no se limita a las ciudades. Las localidades rurales, con viviendas de adobe y tapial, muchas sin ninguna preparación estructural para un gran sismo, están en la primera línea de vulnerabilidad. A eso se suma otro factor silencioso pero peligroso: los relaves mineros. Las faenas y caminos de acceso, además de los depósitos de residuos mineros, podrían verse gravemente comprometidos ante un movimiento telúrico de gran magnitud, generando consecuencias ambientales y humanas difíciles de controlar.
La pregunta entonces es: ¿estamos preparados?
Chile tiene una cultura sísmica desarrollada, sí, pero como bien dice Campos, no basta con saber que los terremotos son parte de nuestra geografía. La verdadera cultura sísmica implica educación, prevención, inversión y sobre todo, resiliencia comunitaria. Es imprescindible fortalecer la infraestructura antigua, implementar tecnologías modernas de monitoreo y crear sistemas de comunicación que sean efectivos y cercanos a la realidad territorial de nuestra provincia.
Necesitamos una estrategia integral que incluya educación sísmica desde la infancia, planificación urbana consciente, inversión pública con enfoque territorial, y un fortalecimiento real de las redes comunitarias. Las soluciones no pueden venir solo desde arriba; deben construirse junto con las comunidades, reconociendo su conocimiento local y su capacidad organizativa.
Porque cuando la tierra tiemble —y lo hará—, lo que marcará la diferencia será cuánto aprendimos del pasado, cuánto nos preparamos en el presente y qué tan unidos enfrentamos el futuro.
EL NOTICIERO DEL HUASCO
