EDITORIAL / La deuda estructural con las localidades rurales y sus APR

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Cinco días sin agua. Esa es la realidad que estarían enfrentando los vecinos de Las Tablas, en Freirina, una comunidad que hoy está complicada, mientras las autoridades recién comienzan a reunirse para buscar soluciones a un problema que no surgió ayer, sino que se arrastra desde hace rato.

Las filtraciones, fugas y deficiencias en el sistema de Agua Potable Rural (APR) eran conocidas. Pero como ocurre tantas veces en nuestra región, las alertas se ignoraron hasta que la emergencia se volvió inevitable.

Solo entonces, cuando las familias ya llevaban días sin agua y la situación se volvió insostenible, llegaron las autoridades, todos en una misma mesa prometiendo soluciones, diagnósticos y proyectos. Y aunque toda gestión que busque aliviar la crisis es bienvenida, no deja de ser preocupante la reactividad que caracteriza a la acción pública en Atacama. Siempre se actúa después del daño, después del cansancio, después de la pérdida.

Peor aún, este tipo de respuestas tardías adquieren un sabor amargo en tiempos de elecciones, cuando las cámaras y los discursos suelen multiplicarse, y la empatía de algunos actores políticos parece encenderse con el calendario electoral. Los vecinos no necesitan fotos ni promesas; necesitan agua, un derecho básico que no debería depender del ánimo o la conveniencia de las autoridades.

La situación de Las Tablas no es un hecho aislado. Es el reflejo de una deuda estructural con las zonas rurales, donde los sistemas APR —que son vitales para miles de familias— envejecen sin mantención ni modernización, donde los comités sobreviven con recursos mínimos y donde el Estado aparece solo cuando la crisis ya se desborda.

El acceso al agua potable no puede seguir siendo un tema de emergencia permanente. Es hora de pasar de la reacción a la planificación real, de las reuniones a la ejecución, y de la promesa a la responsabilidad.

Estos sectores rurales simbolizan el costo humano del abandono. Ojalá que esta vez, las palabras no se las lleve el viento. Porque el agua, lamentablemente, ya se fue hace rato.

 

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