Gabo, periodismo y witranalwes

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Y se nos fue el Gabo. O quizás no todavía. En una de esas sigue por ahí, sonriendo, merodeando por aquel continente literario fantástico, mezcla de culturas indígenas, europeas y africanas, que tan bien logró retratar en sus novelas. “Murió Gabriel García Márquez, un genio de la literatura universal”, tituló El País de España y vaya si tiene razón. Yo agregaría que murió uno de los más grandes e influyentes periodistas de todos los tiempos. Y es que debo reconocer una cosa. Yo siempre admiré más al Gabo periodista. Para realismo mágico tenía a mi abuelo Alberto, a la abuela Lorenza y a un destacamento de tíos y tías allá en mi comunidad mapuche de origen. Quizás por ello nunca me fascinó tanto el Gabo novelista. Si, como todos (o casi todos) también leí maravillado “Cien Años de Soledad”, “El amor en los tiempos del cólera”, “El coronel no tiene quien le escriba” o “Crónica de una muerte anunciada”. No mucho más que eso, debo reconocer.

Sucede otra cosa. Me tocó ser adolescente en los 90′. ¿McOndo o Macondo? Aquel fue todo un dilema existencial para mi generación. O para aquellos que crecimos leyendo la Zona de Contacto y a los autores de la Nueva Narrativa chilena, con Alberto Fuguet y Sergio Gómez como estandartes. En los 90′, debo contarles, García Márquez no era tan cool entre los nuevos escritores jóvenes y quienes por entonces los leíamos e inútilmente tratábamos de imitarlos. A muchos les incomodaba el exotismo rural latinoamericano que “vendía” García Márquez en sus libros. Y que volvía imposible a los nuevos escritores, hijos de la cultura pop, el rock y la vida urbana, interesar en su obra a editoriales gringas o europeas. Fuguet, según reconocería más tarde, una de las víctimas de todo ello. De allí surge McOndo el año 1996, un libro de cuentos editado para el mercado gringo y que reunió a un puñado de nuevos escritores latinoamericanos. ¿El denominador común de todos ellos? Su desprecio por el realismo mágico. Y haber crecido comiendo hamburguesas en vez de frijoles. O escuchando a Soundgarden y Nine Inch Nails en vez de la trova cubana.

McOndo fue, en su minuto, un refrescante grito de rebeldía. Un intento de matar al padre, la búsqueda de una identidad propia, algo que en el trabajo intelectual y la creación literaria no puede sino ser valorado. Y aplaudido. Ahora, ¿Cuántos García Márquez entregará a la Literatura Universal aquella revoltosa generación de escritores de los 90′? Roberto Bolaño, que jamás perteneció a la Nueva Narrativa chilena, tal vez sea el único, si situamos el fenómeno en lo generacional y en el posterior impacto mundial de su obra. Y pare de contar. En lo personal, debo reconocer, siempre me sentí más cerca de McOndo que de Macondo. Ya lo dije, fui adolescente en los 90′. Y mis referencias culturales (además de las tradicionales mapuche, instaladas de fábrica en mi disco duro) fueron el rock, el cine independiente y novelistas como Rodrigo Fresán, Ray Loriga o el propio Fuguet. Y ya lo dije, para realismo mágico me bastaba con mis abuelos. O con mis tíos. O con los libros de Milan Kundera y Salman Rushdie, este último por lejos mi favorito si de personas cayendo del cielo se trata.

El Gabo que yo conocí fue el Gabo periodista. Fue a fines de los 90′. Cursaba leyes cuando leí por primera vez “Noticia de un Secuestro” y rayé completamente. En un par de años creo haber leído todo lo que el Nobel publicó en crónica y reportaje y que estuviera en aquellos años disponible en Chile. Por entonces ya venía garabateando mis primeras columnas, publicando fanzines y despidiéndome -cual crónica de una muerte anunciada- del aburridísimo código romano y sus formalidades. Inevitablemente terminé con mis huesos en “el mejor oficio del mundo”, como bautizó Gabo a esta porfía de contar historias y sobre todo, de investigarlas. Es el Gabo que conocí y que voy a extrañar muchísimo. Le sobrevive su obra, monumental, y la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que lleva su nombre en Cartagena de Indias y por donde han/hemos transitado generaciones de periodistas de todo el continente. Gracias por hacerlo posible, querido maestro.

Quiero cerrar esta columna con una historia que tiene mucho de periodismo y realismo mágico, todo junto, en honor al Gabo. Una historia que de haberlo conocido, me habría encantado contarle personalmente.

Aconteció hace años, cuando con mi entonces cuñado Osvaldo visitamos la zona de Isla Huapi, en la costa del País Mapuche (partimos ya con el realismo mágico, les dije). El caso es que pasamos a visitar a un peñi, un reconocido ngenpin de la zona costera. Un ngenpin es alguien con mucha sabiduría y conocimiento cultural antiguo, al mismo nivel de las machi, con la salvedad que no cumplen roles en lo medicinal.

Lo pillamos cosechando papas en un potrero aledaño al camino. Tras los saludos de rigor, nos invitó a su casa y pasamos gran parte de la tarde tomando mate. Cayó la noche y el mate se transformó en vino (Villalobos de que sabe, sabe!). El caso es que en un momento de la charla el peñi preguntó a mi cuñado en qué trabajaba.

– “Soy kinesiólogo”, respondió el Osvaldo, mi cuñado. “Trabajo con los huesos”, agregó tratando de darse a entender.
– “Mire usted… y qué hace con los huesos?”, preguntó entonces el peñi a mi cuñado.
– “Los arreglo cuando están rotos, veo fracturas, cosas así”, respondió el Osvaldo.
– “Mire usted… yo también trabajo con los huesos”, le dijo entonces el peñi.
– “En serio?”, preguntó el Osvaldo. “Es usted componedor de huesos o algo así?”, le preguntó.
– “No, yo no arreglo huesos”, respondió el peñi. “Yo tomo un hueso y hago una persona”, agregó.
– “Es usted artesano, una especie de tallador en hueso?”, preguntó entonces mi cuñado, intrigado.
– “No, no soy artesano. Yo hago una persona, que vive”, agregó el peñi.

En este punto de la historia debo agregar algunos datos. Ya había caído la noche. Corría un fuerte viento proveniente del océano. Nos alumbrábamos solo con una vela.

– “Cómo es eso de una persona que vive?”, preguntó entonces mi cuñado, sonriendo visiblemente nervioso.
– “Así es mi amigo. Usted repara los huesos de las personas. Yo tomo un hueso y hago una persona”, señaló.
– “Cierto que es así peñi Pedro?”, agregó. “Así es peñi, tal cual”, respondí. Osvaldo, que no es mapuche, no entendía nada.

Fue entonces cuando el peñi se dirigió a mi cuñado y mientras le servía otra caña de vino preguntó: “¿Ha escuchado usted hablar alguna vez del Witranalwe?”

– ….
– “Son protectores, guardianes… yo tomo el hueso de una persona y lo traigo de vuelta a la vida para mi servicio. Es lo que hago”, explicó el peñi.
– “¿Es una broma cierto?”, solo atinó a decir Osvaldo, preocupado.
– “Obvio que es broma pues amigo mío, los muertos vivos no existen”, lanzó entonces el peñí acompañado de una gran risotada. “¿Y qué piensan del nuevo gobierno?”, preguntó entonces cambiando olímpicamente de tema.

Ya era medianoche cuando nos despedimos.

– “Que freak toda aquella historia del Witranalwe”, me lanzó Osvaldo mientras conducía fuera del predio del peñi. “Como que me anduve asustando un poco”, agregó, dando un suspiro de alivio. Preferí no hacer comentario. Ocupado estaba con la mirada fija en el espejo retrovisor. Y en aquella negra silueta de un jinete a caballo, enmantado y sin cabeza, que custodiaba nuestra partida a corta distancia.

 

Por Pedro Cayuqueo

@pcayuqueo

 

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