Nuestros moderados genocidas

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Seamos justos con el partido nazi chileno. Es uno de esos partidos y movimientos que gozan de muy mala prensa, en realidad casi no tiene prensa y se sustenta en grupos de morenazis youtubers que toman cloro e intentan demostrar que ellos no son realmente los malos de la película sino unos incomprendidos defensores de la patria, frente a una suerte de conspiración sionista internacional del chip 5G de Bill Gates y Soros en una tierra que no es redonda sino plana. Incluso es medio tierno todo. Siendo justos con la historia, el partido nazi chileno es inocente de cualquier cargo que se le impute y sus credenciales democráticas en la historia de Chile no podrían presumir de lo contrario, y son casi – digo casi- intachables pues igualmente intentaron un golpe de Estado bastante “naib”, antes de ser masacrados, por un presidente moderado, y girar 180º al socialismo de izquierdas con el grupo “Vanguardia Popular Socialista” (¿suena conocido?), y desmembrándose en una columna ultraderechista, antisemita y Nazi, el Partido Nacional Facista, de corta existencia. Aunque los relacionemos con Colonia Dignidad, con Paul Shaeffer, con los Kast y hasta con el más básico pinochetismo, lo cierto es que el partido nazi o movimiento nazi propiamente tal, como movimiento de ultraderecha, no podría responder, al menos formalmente, por los brutales crímenes acaecidos durante la dictadura cívico militar de la centroderecha chilena. Siendo formalmente justos, el movimiento nazi chileno, en cambio, ha sido una víctima política en la historia del país, pese a haber contribuido tras las parlamentarias de 1937 en la concreción de algunos proyectos de ley como la creación de la CORFO, el primer royalty a las empresas gringas por extraer cobre, el voto femenino, la suspensión del pago de la deuda externa y la creación de la zona económica exclusiva en el océano Pacífico. Resultaron masacrados en su intento de golpe del 5 de septiembre de 1938, donde cerca de 60 jóvenes armados del MNS tomaron la Caja del Seguro Obrero y la Casa Central de la Universidad de Chile para así presionar con un golpe de estado contra Arturo Alessandri Palma en favor del general Ibáñez. El golpe fue frustrado y los nacistas depusieron las armas bajo la promesa de que se respetarían sus vidas; sin embargo, fueron fusilados. Todo mal ahí, con el moderado Alessandri. En las antípodas del espectro político, se encuentra el Partido Comunista Chileno, con peor y actualmente con una sobreabundante prensa que nos recuerda continuamente lo peligrosos, antidemocráticos, totalitarios y violadores de derechos humanos que ellos son. Para ello traen a colación a Mao, Fidel Castro, Lenin, Stalin, Chavez, Maduro y abundantes gulags y depravaciones marxistas, aperitivos con base en lactantes y un apetito expropiatorio de una voracidad digna de un agujero negro stalinista, aberraciones todas que sin embargo, nunca han sido ejercidas por los comunistas chilenos. A diferencia de los nazis chilenos, los comunistas de esta larga y flácida faja de tierra nunca han intentado un golpe de estado, y es más, estando en el poder tampoco han violado los derechos humanos de nadie, no han desaparecido a nadie, no han torturado, ni tampoco han mutilado ojos, como sí lo ha hecho el moderado gobierno de Sebastián Piñera. Si somos objetivos, no han sido precisamente los extremos totalitarios del espectro político chileno los que han desplegado los más ignominiosos genocidios y las tiranías más nefastas en el país. A falta de culpas, se les carga con las infamias de sus pares internacionales, con el Partido Comunista Soviético y sus crímenes, y con la Solución Final de Hitler, en el caso de los morenazis. Pero tenemos todo el derecho a preguntarnos: ¿Qué culpa tiene el tomate de ser colorado? ¿Podemos reprochar a un morenazi chileno de los crímenes de los supremacistas de otros lares cuando a él mismo sus colegas, al primer descuido, lo convertirían en jabón gracias a su bochornosa carga genética sudaca? De los moderados chilenos, en cambio, tenemos abundante material. El crédito por las masacres políticas le pertenece exclusivamente a esos personajes del poder que se “autoperciben” como de “centroderecha” o de “centroizquierda”, socialdemócratas, que se dicen, tan centrados que han concentrado las armas y los medios, para proteger determinados intereses, todos muy moderados, excepto a la hora de los excesos. Fueron los moderados, los que mataron a Manuel Rodríguez para establecer un orden moderado. Los moderados expulsaron a mi inmoderado tataratatara José Joaquín De, tras redactar la única Constitución Liberal que ha tenido este país. Fueron los moderados, los que firmaron el “Acuerdo por la Paz” para asegurar, en un golpe de gatopardismo puro y duro, un proceso constituyente que aquietara las aguas y asegurase constituyentes elegidos por los moderados de siempre, mientras el gobierno seguía, de forma inmoderada, sacando ojos en las calles. Gabriel Salazar lo ha planteado en diversos foros: “Un sector de nuestra sociedad atacó al otro sector de una manera salvaje, brutal, y esa herida no se cierra fácilmente, porque aún cuando hay acusados suavemente y sin torturas, la herencia que ellos dejaron, el producto final de esas acciones de violación de los derechos humanos, que es el modelo neoliberal, el Estado, mercado y educación que tenemos, está intacto”. Ese sector que atacó al otro sector, que refiere Salazar, ha sido el sector moderado, los centristas de todo color. No han sido los comunistas ni los nazis asumidos, sino que se ha tratado de esa élite de moderados, como Aylwin llamando una intervención militar en 1973 y apañándose la presidencia 17 años de torturas después, beneficiándose de su su propio llamado a las armas, sin pedirle perdón a nadie. Son esos moderados los que deberían responder sobre la violencia, los ddhh y las amenazas a la democracia. Sujetos moderados que reparten juicios sobre que tal o cual no ofrece “gobernalidad”, no solo buscan ningunear opciones políticas, sino que constituyen verdaderos actos de matonaje político, en el que subyace la amenaza de un revival de la serie de matanzas que esa élite moderada ha organizado con naturalidad, eficacia y sin remordimiento alguno. Son ellos los que no dejarán gobernar a nadie que no sea ellos mismos, a nadie que no suscriba el pacto de pureza centrista que asegura la moderación.

Escena post créditos: lo dicho sobre los nazis chilenos, solo posee una eficacia formal, en la medida que únicamente consideramos como tales, a quienes abiertamente lo han manifestado, ergo, el Partido Nazi, por lo que para esta nota no hemos considerado, pese a sus acciones y sus doctrinas, a partidos políticos como Avanzada Nacional, Renovación Nacional y la UDI, y a la propia dictadura militar de Pinochet, quienes aducen pertenecer a la centroderecha. Actualmente en Chile no existe Partido Nazi, formalmente.

Por Carlo Mora / Charly Purple

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