Carta a Iván

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No lo había contado pero la primera semana de abril de 2021 el virus del Covid-19, como dice un amigo, me calzó preciso y me tuvo pate’laucha por bien espeluznantes diez días.

Nunca antes tuve ese nivel de fiebre ni tales dificultades para respirar. El kinesiólogo que me visitó en mi casa luego del resultado positivo del PCR me previno que el hospital estaba más colapsado que la página que vende ahora entradas para los conciertos de Daddy Yankee, y que me tendría que batir con una de esas bombitas de salbutamol que usan las personas asmáticas; y agüita de la llave, su aspirina loca y unos rezos a la deidad de mi preferencia por si en la madrugada al virus se le ocurría subir la música en la fiestecita que se estaba dando en mi organismo.

Así que la primera noche parecía soldado ucraniano con mi bombita de salbutamol, disparando con desesperación cuando algún ejército de bicharracos se asomaba en un acceso de ahogos y tos. Algo dormí pero los sueños eran más raros que huevo con cejas. El delirio y la sudoración extrema no parecían querer ceder.

La tercera noche creo que fue la peor. Ya había cedido un poco la fiebre y respiraba algo mejor, sin embargo, la desorientación que sentí durante una madrugada, al no reconocer ni mi pieza ni ninguno de mis objetos personales, fue algo totalmente inédito. Y lo sería más, el levantarse para acomodarme en el sofá del living y sintonizar algún programa de TV con tal de poner a prueba ciertas capacidades cognitivas en ese momento en receso.

Recuerdo que al azar caí en esos canales noticiosos argentinos, donde se practica con placer el deporte de destrozar a los Kirchner… pero no entendía nada. Me fui al Discovery a uno de esos programas donde unos gringos armados hasta los dientes se quejan en Alaska del frío y de las alimañas que no les permiten vivir en paz. Al igual que en el canal anterior el fenómeno era el mismo: comprendía el lenguaje pero no el sentido de lo que se decía (a pesar de esos doblajes horribles en donde el Señor Cangrejo aparece a cada rato…)

El zapping me llevó a CNN Chile. A esa hora del amanecer repetían una entrevista a Iván Moreira, a quien no reconocí a golpe de vista, sin embargo me hice el propósito de concentrarme en el discurso del entrevistado como para recoger cierta hebra que me permitiera volver desde la estratósfera,  en donde el bendito bicho me tenía pataleando.

Y en menos de un minuto, gracias al bla blá inolvidable de Iván: clasista, xenófobo, racista y odioso de todo lo que pudiera oler a libertad de pensamiento, volví de golpe a la tierra como un astronauta desde la estación espacial internacional.

Gracias a Iván Moreira me acordé de por qué este país llegó el octubre de 2019 al hartazgo extremo con el abuso de los poderosos, a quienes Iván adora y defiende. Gracias a ti Iván el resto de los días de convalecencia fue más llevadero, incluso durante los meses siguientes con caída de pelo incluida, dificultad para caminar y con lagunas de desmemoria más grandes que el embalse Santa Juana. 

Gracias a ti Iván, me encuentro ya restablecido, incluso dejé de ladohace poco mi libretita en donde tenía anotados mi rut, mi cuenta bancaria, mi número telefónico e incluso hasta mi nombre completo por si las moscas. 

Por eso Iván, cuando durante la transmisión de la primera Cuenta Pública del Presidente Boric la cámara se centró en tu inefable gesto duro mientras se trataba el tema de la corrupción, terminé de desterrar la última nubecilla de desmemoria que el Covid había dejado circulando por mi cerebro. 

Gracias Iván Moreira por recordarnos a todos las y los chilenos lo que tú representan y los intereses que defiendes, y dicho sea de paso el irrefutable caso de corrupción en donde fuiste sobreseído inexplicablemente luego de comprobarse el financiamiento ilegal de tu campaña senatorial, con 35 millones aportados gentilmente por tus amigos del grupo Penta y que tuviste que devolver ¿O no te acuerdas de eso Iván?

Así que gracias Iván. Tal como dice una canción de Silvio Rodríguez: ¡Ya sé cuándo, quién y cómo! ¡Seguiremos informando!

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