“Chichí” Ardiles, una leyenda del ferro

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Por las filas del Club Ferroviarios de Vallenar pasaron muchos jugadores que dejaron huellas como líderes del equipo, aunque sobre todo por la conducta humana y calidad deportiva, quedando como leyendas de la institución. Así, por ejemplo, están los nombres de José “Pecha” Varas, Miguel Piñones e Ibar Rivera, entre otros; pero, muy anterior a ellos, estuvo Ramón Héctor Ardiles, conocido popularmente como “Chichí” Ardiles. Verdaderamente, un personaje no solo del club, sino que del Vallenar de los años treinta y cuarenta.

Nacido en 1908 en el barrio 14 de Julio, durante varios años de su niñez vivió frente al sitio eriazo donde después se construyó el terminal de buses de Vallenar, precisamente, en una casona donde funcionó el restaurante “Splendid”. Sus estudios los realizó en la desaparecida Escuela N° 3, la Universidad del Rio o de “los camaroneros”, como le llamaban.

“A mí me gusta el fútbol desde niño. Jugué por el Arco Iris en el puesto de back centro derecho. Era ágil para quitar la pelota y cabecear los tiros de esquina, a pesar de que no tenía mucha estatura. No lehacía asco a esos balones con corriones que hasta nos sacaban una lonja de cuero con pelos y todo”, comentó en una entrevista al “Chehueque”, un antiguo medio escrito vallenarino. Luego, agregóque no fue goleador porque los esquemas de juego de esos tiempos no se lo permitían. “Yo era back centro y tenía una tarea específica que cumplir: atacar a los wing que se descolgaban por las puntas y al centro forward, para que no repartiera tantas pelotas. Por eso no fui goleador, no podía subir al área contraria”.

Luego, recordó que en esos años jugó con los hermanos Felipe, Benjamín, Juan y Efraín Díaz. “Eran buenos niños, les decíamos los ´cachiporritas´, tenían un taller de fabricación de zapatos artesanales. Era lindo jugar a la pelota en esos tiempos. Íbamos a los terrenos baldíos de la Polvorera, porque aún no existía el Estadio Municipal. Los partidos también se hacían en la cancha de la población Carreras, frente a la famosa ´tribuna´ que era de madera y sin techo, donde la gente se ponía a ver las carreras de caballos durante las fiestas dieciocheras”.

Una y otra vez recuerda lo duro que era el trabajo en aquellos lejanos años de comienzo del siglo XX. Después de muchos tumbos laborales, el “Chichí” se puso a trabajar en la empresa American Smelting que tenía sus canchas de almacenamiento de minerales en los patios de la estación. Ahí tenía que cargar los carros a pulso desde la mañana hasta la noche. “En ese tiempo, yo jugaba por el Arco Iris. Un día me vio jugar el ingeniero Baltazar Jélvez y me preguntó si quería irme al Ferroviarios. Yo le contesté que podría ser, siempre y cuando me diera pega en la empresa. Entonces me mandó donde don Humberto Phillips que era dirigente del Ferrito”. La conversación fue positiva para sus fines, ingresando en 1934 a trabajar como guardavías en la estación de Vallenar; luego pasó a los talleres donde llegó a ser jefe.

Ardiles siempre se mostró afortunado por jugar al fútbol y, al mismo, tiempo agradecido de la oportunidad. “Todo lo que tuve y lo que tengo se lo debo al fútbol. Conocí jugadores de agallas, sanos de pensamiento y con amor a la pelota, tipos como el ´Canario´ Aguirre, el ´Negro´ Advíncula del Vallenar, el arquero ´Perico´ Callejas del Capote Aurífero de Freirina, Félix Ramírez del Alcantagua, el golero René Mella; Félix, Juan, Osvaldo y Carlos Ortiz, los famosos ´Mandingas´; para qué hablar del ´Pecha´ Varas del Ferro. En esos tiempos, el deporte era sano porque no era una cosa comercial, se jugaba por amor al fútbol, porque a uno le gustaba”.

Con nostalgia, Ramón Ardiles recuerda los partidos amistosos con equipos de otros puntos de la provincia. “Fuera del campeonato, salíamos a otras ciudades o venían hasta Vallenar a jugar con nosotros. En esos tiempos, nuestra ciudad tenía pocos habitantes por lo que no había muchos equipos. Estaban el Ferroviarios, que se fundó en 1918, el Arco Iris que nació dos o tres años después, Capote Aurífero de Freirina, el Vallenar, el Alcantagua; las haciendas también tenían sus equipos, como La Compañía, Centinela, Las Ventanas y Atacama”.

“Chichí” recuerda con nostalgia los partidos disputados en la cancha Prat, un peladero rodeado de breas marcado con ceniza y los arcos telenques sin mallas, donde jugaban con zapatos rotos o prestados. “El Ferrito casi siempre estuvo dirigido por ingenieros de la sección Vías y Obras. Teníamos decenas de copas ganadas en campeonatos oficiales y amistosos. Después se perdieron todas, se extraviaron sin que nadie supiera su destino”, lamentó.

En tantos años de carrete deportivo, las anécdotas no están ajenas a su historial. “Una vez, jugando contra el deportivo Capote en la cancha Prat, el ´Pichanga´ Ardiles, mi pariente como yo le decía, me pegó una de esas arreadas imparables. Me le puse al frente y nos fuimos a los combos. Entonces entraron a la cancha los policías montados y me sacaron en andas entre los dos caballos”.

A su memoria también acude el recuerdo del “Tumbado”, un gran jugador de fútbol vallenarino. “Tenía su gracia el hombre: no podía jugar con zapatos de cuero y tenía que hacerlo con alpargatas, porque era la única manera que podía correr. Por el Ferro jugaba al arco el ´Pecha´ Varas, tremendo arquero que no entraba a la cancha si antes no se tomaba un buen trago de tinto. En una de esas, el ´Tumbado´ le manda un zambombazo desde media cancha y se la emboca en el ángulo del arco. Fue un domingo triste para el ´Pecha´. Después, en la fiesta lloraba a moco tendido porque el ´Tumbado´ le había convertido un gol desde tan lejos, considerando que solo calzaba unas viejas alpargatas y la pelota pesaba como cinco kilos”.

Para el “Chichí”, sus últimos días no fueron felices desde que la empresa de Ferrocarriles del Estado decidió suprimir el servicio de pasajeros al norte. Aun así, nunca perdió la esperanza de que el “Longino” nuevamente corriera por las vías nortinas y el club de sus amores volviera a ser la gran institución que un día defendió con amor y pasión.

Ramón Ardiles, arriba, el segundo de izquierda a derecha. A pesar de su baja estatura, sabía aplicar muy bien el juego de cabeza. Aquí, integrando el cuadro de Maestranza (1955) que participaba en la competencia interna de los trabajadores ferroviarios.

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