A un año del inicio de la actual administración municipal de Vallenar, el balance no admite lecturas simplistas. Como ocurre en toda gestión pública, existen avances que merecen ser reconocidos, pero también errores, controversias y deudas que no pueden ni deben ser omitidas. Mostrar ambas caras de la moneda no es un ejercicio de antagonismo, sino un acto de responsabilidad pública. Y en ese ejercicio, la memoria cumple un rol fundamental: recordar para no repetir, registrar para no relativizar, evaluar para mejorar.
Desde el municipio, el relato oficial del primer año ha puesto el acento en hitos concretos: renovación de la flota municipal, incorporación del bus municipal, mejoras en infraestructura deportiva, equipamiento en salud y acciones orientadas a la recuperación de espacios públicos. En un balance que, por cierto, no fue replicado por otras autoridades en ejercicio, el alcalde Víctor Isla destacó estos avances ante dirigentes sociales y organizaciones comunitarias, reforzando la idea de una gestión cercana, participativa y enfocada en “escuchar a la comunidad”.
Sin embargo, ese es solo uno de los rostros de este primer año. El llamado “lado B” de la gestión ha estado marcado por episodios que han generado ruido político, cuestionamientos administrativos y un creciente debate público, especialmente en redes sociales y medios locales. El denominado “caso Mascareña”, confirmado por la Contraloría Regional de Atacama con la apertura de un procedimiento disciplinario por una contratación considerada irregular y contraria al principio de probidad, instaló una sombra difícil de ignorar. Tampoco han pasado inadvertidos los retrocesos en proyectos anunciados con altas expectativas. El rechazo del proyecto de cámaras de vigilancia, la devolución de más de 310 millones al IND que dejó sin financiamiento la conservación del Estadio Nelson Rojas, y la pérdida de la Escuela de Formación de Carabineros han sido interpretados por parte de la ciudadanía como señales de improvisación y de una brecha entre el relato comunicacional y los resultados efectivos.
A estos episodios se suman conflictos de alto impacto ciudadano como el deterioro del Puente Añañuca, las críticas por el estado de las calles tras las lluvias, cuestionamientos por licitaciones vinculadas a su entorno familiar. Hechos que, acumulados, han ido erosionando confianzas.
Este primer año de administración municipal, entonces, se mueve inevitablemente entre luces y sombras. Reconocer los avances no implica justificar los errores; señalar las falencias no significa desconocer lo positivo. El verdadero desafío está en no perder la memoria, en no permitir que el paso del tiempo diluya responsabilidades ni convierta los cuestionamientos en simples anécdotas.
La gestión que viene requerirá menos épica comunicacional y más rigor técnico, menos anuncios y más resultados consolidados, menos ruido y más orden administrativo. Solo así será posible recomponer confianzas en una comuna donde la ciudadanía observa y recuerda.
EL NOTICIERO DEL HUASCO
