Mientras trataba de redactar una interesante columna, por supuesto para regocijo de las y los sufridos lectores de este humilde espacio de expresión, se vino un cuasi terremoto en la frontera chileno-peruana que en Arica provocó considerable pánico en la población.
Primitivamente mi columna versaría sobre una probadísimaconexión alienígena entre habitantes de una lejana galaxia con una reconocida figura de la política regional, con fotos y documentos verídicos desclasificados por entidades de inteligencia internacional… pero mejor decidí dejar eso para otra oportunidad cuando, haciendo un seguimiento en los medios de comunicación sobre el mentado sismo del norte, caí en cuenta que, una vez más, para los canales de la TV abierta este remezón no merecía más que una breve mención en medio de la acostumbrada parrilla del terror de los matinales, a saber, portonazos, descuatizamientos y balaceras entre bandas narcos (a propósito, a lo mejor a estas últimas les gusta tanto aparecer en pantalla que ya la toman como su propia sección de Páginas Sociales… y que por eso proveen de tanto material todos los días a la prensa para que los hagan famosos… ummmm)
El asunto es que este cuasi terremoto, cifrado en 6,7 grados Richter de magnitud, y corregido más tarde por el servicio sismológico a 7,1, al menos hasta el cierre de esta columna, fue calificado como de “mediana intensidad” y sin posibilidad de generar un tsunami de interés para los editores de los matinales. Más encima, ocurrido por allá tan lejos de Santiago, donde el diablo perdió el poncho, y en donde no se pierde mucho si el mismísimo Armagedón decide desatarse por esas provincias medio pobretonas y poco glamorosas.
Digámoslo claro: si ese 6,7 se aparecía en Santiago, un jueves a las 08:02 de la mañana tal como ocurrió, hasta la abuelita de Marcelo Lagos hubiera sido entrevistada donde fuera con tal de mantener a la teleaudiencia pegada a la pantalla en medio del festival telúricotelevisivo.
Hay que agradecer sí que el chancacazo no fuera en las cercanías de San Pedro de Atacama, porque ahí sí que la camarilla periodística, poco versada en geografía nacional, hubiera corrido hacia los teléfonos para llamar a la alcaldesa de Caldera para conocer su espanto ante un inminente maremoto, o a algún alcalde de nuestra provincia del Huasco para conocer de qué forma se hace frente al monstruoso apilamiento de cadáveres en las calles (muchos de ellos turistas con coloridos chullos de lana comprados antes del tour al Valle de la Luna…)
Pues bien, la historia es conocida, y pareciera que la gente de nuestra región ya ni se enoja como cuando antaño, en el informe meteorológico de la tele, el mapa se cortaba abruptamente en Antofagasta para luego retomar curso a la altura de La Serena, dejando en medio un espacio similar a la dimensión desconocida, por donde pudiera atravesar perfectamente el más regio ciclón o una ola de inclemente calor sin que fuera de importancia para las casas centrales de los medios.
Es por ello que la nueva configuración del Estado, y también de país, que propone la nueva Constitución significa un aporte a un proceso que, estamos claros, es de tipo cultural, de lento tranco pero que deberá visibilizar la vida de las regiones y sus territorios con particularidades propias, noticiosamente siempre presentessólo por tragedias, decomisos de droga, inmigrantes saltando la cerca o cualquier descalabro que diera sólo para mínimas menciones y escuálidos párrafos en la prensa.
Las regiones somos muchísimo más que eso. Hay aquí una forma ancestral de desarrollar la vida, hasta hoy con adversidades no sólo geográficas, sino que también políticas y burocráticas que han trabado el desarrollo en todos sus ámbitos. Y Atacama, no dejemos nunca de recordarlo, ha marchado en armas contra estas inequidades… ¿O no es así, camarada don Pedro León Gallo? ¡Seguiremos informando!
