Junta de Valeriano: El nuevo refugio de la comunidad de Pirque

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A las 10 de la mañana, el sol ya golpea con fuerza en el pequeño poblado de Juntas de Valeriano, al final del Valle del Huasco. El cielo azul contrasta con los cerros cafés y violetas en esta zona de la III Región. A ratos, una brisa mueve las hojas de los árboles y algunas nubes dan unos segundos de sombra, entre la sequedad del último caserío de la comuna de Alto del Carmen. En el lugar -habitado por 120 personas- casi no se ve gente en las calles.

El pueblito termina en una cancha de fútbol de tierra. Justo en la mitad, un camino rural permite seguir internándose en el valle, tras cruzar el estero en que están convertidos los ríos Cazadero y Valeriano.

Unos metros más arriba aparece una joven de cabellera rubia, caminando junto a cinco niños, de no más de seis años. Al observar a los desconocidos, se devuelve y engancha en una viga unos palos conectados con alambres. El improvisado portón está a 800 metros de Juntas de Valeriano y marca el ingreso del nuevo refugio de la comunidad de Pirque.

El grupo -que en abril de 2007 se hizo conocido tras enterrar en su parcela de la Región Metropolitana los restos de la profesora de danza Jocelyn Rivas- está construyendo un nuevo hogar en la precordillera de la III Región.

El refugio surge como un oasis en el seco paisaje. Tiene cuatro hectáreas y colinda con un cerro y un estero, que forma pozas de agua. Estas permiten bañarse y la aparición de abundante vegetación.

Los miembros de la comunidad llegaron allí hace aproximadamente un mes y medio, y han sido bien recibidos por sus vecinos de Juntas de Valeriano. Estos aseguran que se trata de, al menos, seis adultos, dos adolescentes y cinco niños.

La mayoría de los habitantes del caserío ignoran el perfil público que tuvo el grupo hace unos años: no saben de la investigación por homicidio por omisión que siguió el Ministerio Público, luego de que la PDI desenterrara en Pirque el cuerpo de Rivas. Tampoco han escuchado del informe siquiátrico que permitió declarar inimputable a la argentina Paola Olcese -sindicada por la fiscalía como líder de la comunidad-, por padecer de delirios mesiánicos. Desconocen también el desenlace que tuvo el caso, cuando el tribunal condenó a dos de sus integrantes a pagar cuatro Unidades Tributarias Mensuales (147 mil pesos en esos años) por la inhumación ilegal de la profesora.

Tras el estallido del caso, los miembros del grupo partieron a una parcela en Lo Zárate, Quinta Región, buscando un lugar más tranquilo para vivir en comunidad. Sobre esto, en Juntas de Valeriano sólo han escuchado que algunos de sus nuevos vecinos vivían cerca de San Antonio.

“Los ‘chascones’ son simpáticos. Una vez vinieron a jugar fútbol, van al pueblo a conversar”, dice Teresa Villegas sobre los recién llegados.

El predio de cuatro hectáreas pertenece a Ana Bordones, quien ha vivido desde siempre en Juntas de Valeriano junto a su marido, Andrés Araya. “Es la única herencia que me dejó mi papá”, dice la mujer, quien lleva 51 años de matrimonio y tiene 10 hijos.

 

“Allí vive Paola, una niña que es argentina, con tres matrimonios más. Yo la conozco desde hace cinco años, cuando vino por estos lados con el Matías (Carrión, ex pareja de Olcese) a recorrer los cerros. Hace poquito llegaron de nuevo. Se querían ir a vivir al corral que tiene mi hija en Los Pozos (a varias horas a caballo), pero yo no los dejé y les pasé mi terrenito, porque son muy buenas personas”, relata.

Según cuenta el matrimonio Araya Bordones, el huerto aún mantiene una mediagua que les regalaron las autoridades durante la década de 1980.

Los nuevos habitantes duermen provisoriamente en carpas, pero ya han empezado a intervenir el terreno. Han levantado tres construcciones de madera, cubiertas con follaje y ramas.

Dos de estas edificaciones miden unos tres metros cuadrados y poseen un techo en forma triangular. Tienen un par de metros de separación entre sí. La tercera tiene forma de cono y posee una base de cuatro metros de diámetro. “Me dicen que es una casa de indios”, dice riendo Bordones.

“En esos ‘ranchos’ comen, cocinan, duermen y guardan cosas. En el lugar hay árboles de damascos, duraznos, ciruelos y nogales. Plantaron papas. No tienen animales (salvo perros). Sus cositas las traen de Santiago o Vallenar (la capital provincial ). Yo les pasé así no más el terreno, porque no quería que se fueran más arriba. A lo mejor lo compran”, reflexiona.

Sobre sus rutinas, cuenta que “comen todos juntos. Rezan en la mañana y en la noche. En las tardes suben al cerro a hacer sus oraciones. Son cariñosos, humildes y viven con lo justo. Cantan, trabajan y juntan madera para los ranchos”.

Desde un cerro cercano se puede observar desde temprano a dos adolescentes de la comunidad sacando piedras del río, en una carretilla. Luego las llevan al predio y vuelven por más.

También es posible encontrarlos buscando follaje para sus construcciones, metros arriba del huerto.

En la comunidad sólo hay un vehículo. Una vieja 4×4 blanca, en cuyo pick up suelen ir los más pequeños, que miran a los más grandes, serrucho en mano, cortando leña.

Este miércoles, un hombre de unos 30 años, pelo largo y barba, llegó al predio por la tarde. Vestía un buzo deportivo, zapatillas y un suéter amarillo. En el pueblo afirman que se trata de Augusto Larraín. “Hace un poco de frío acá, estamos recién empezando. Pero quiero que nos dejen tranquilos”, dijo escuetamente.

En Juntas de Valeriano sólo hay dos quioscos para abastecerse de víveres y otros productos. El pueblo más cercano es Alto del Carmen, 68 kilómetros más abajo. No hay celular y la banda ancha apenas funciona en el colegio, que cuenta con 11 estudiantes.

Entre sus alumnos no están los niños de la comunidad. Este miércoles, cerca del mediodía, un adulto leía un libro ilustrado a los niños del grupo, apoyado en un árbol. Desde la distancia no era posible saber si era en forma recreativa o como parte de un plan de educación en casa. “No van a la escuela”, asegura la profesora Cicilia Gatica, quien cuenta que su nombre no es con S, por un error del Registro Civil.

“Están en etapa de jardín, pero no van. Yo le pregunté la otra vez al papá y me dijo que vienen de San Antonio y que están recién instalándose. Eso sí, comparten con la gente. Los invité a la escuela, pero me dijeron que este año no los van mandar, sino que el próximo”, dice.

Añade que “me da lata por los niños, porque están incomunicados arriba, no tienen agua potable. Pero ellos son súper abiertos, conversan, cantan, no están como perdidos”.

Fuente: La Tercera

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