"Aló, Cachiyuyo", 23 años después

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El teléfono ya no es el original de 1990 y desde hace poco sólo permite llamadas de emergencias. Aunque el pueblo hoy funciona con celulares, todos siguen agradecidos de su histórica cabina.

Cinco hijos, 24 nietos y 12 bisnietos. Los números familiares de Ana Rojas Godoy (73) la ponen orgullosa, e incluso le han valido premios y reconocimientos en la Municipalidad de Vallenar. Pero ella misma reconoce que hay otra cosa que también la marcó: un teléfono. Un simple teléfono público que hace 23 años cambió su vida y la de todo su pueblo, en un terroso y alejado lugar donde hoy viven 220 personas y que se llama Cachiyuyo, al sur de la Tercera Región.

“Yo andaba comprando en Vallenar cuando mi hija Odilia me llamó urgente para que actuáramos en un comercial de televisión. Al final salimos las dos caminando junto a unas sábanas y nos pagaron súper bien. Fueron $ 70 mil, que gastamos en regalos de Navidad y un buen asado para la familia y amigos”, recuerda.

Era diciembre de 1989 y aquel spot, encargado por CTC -actual Movistar- y dirigido por Patricio Bustamante, se convirtió en un hito mediático. Salió al aire en enero de 1990 y mostraba cómo un anciano, llamado don Raimundo, llegaba en un cacharro a aquel sitio polvoriento y lleno de casas de adobe, enfilaba hacia una cabina amarilla y llamaba a su incrédulo hijo, a quien decía la ya mítica frase: “Aquí, de Cachiyuyo, pue’…”.

De la noche a la mañana, este pueblo perdido apareció en el mapa de los chilenos. Como en una versión criolla (y a escala) de la calle Abbey Road, retratada en un disco de The Beatles, los lugareños cuentan que había filas de turistas sacándose fotos junto al teléfono. “Yo hasta me instalé con un restaurante al lado de la caseta”, dice la misma Ana Rojas, quien aún mantiene y administra su local de comida casera.

Ruth Piñones (47), otra de las residentes, relata que “el pobre señor Herman (Godoy) vivía al lado de la cabina y a cada rato tenía que salir en bicicleta a buscar a los vecinos que recibían llamadas. Se enojaba mucho con las pitanzas. Gracias a ese teléfono yo por fin pude saber de mi hija, que entonces estudiaba en Vallenar”.

Rosa Peredo (59) agrega que “el caballero del cacharrito en verdad era taxista en Huasco y sólo lo eligieron porque tenía buena pinta para la tele”.

Cachiyuyo, que le debe su nombre en quechua a un arbusto, sigue siendo un poblado pequeño y donde no hay un centímetro cuadrado de pasto. El parque de juegos de los niños, por ejemplo, nuevo y recién pintado, está sobre una especie de duna de tierra. Aquí los apellidos se repiten y casi todos son Godoy, Piñones o Cubillos. Parte del año la gente utiliza los habituales 30 grados Celsius para secar ají cacho de cabra, morrones y pasas. Tienen un cartel de bienvenida a los visitantes, en 10 idiomas, donde además se recuerda a la maestra Clarisa Peredo, a quien atribuyen gestiones para que llegara agua potable, luz eléctrica y teléfonos al lugar. Por el pueblo pasa una línea férrea abandonada, por donde alguna vez corrieron trenes mineros. Y la impecable escuela Hernán Aravena, su otro orgullo, llega hasta sexto básico. “Pero el teléfono público es sagrado. Todos crecimos sabiendo que no podíamos jugar con él ni menos dañarlo”, relata Felipe Cubillos (22), vendedor de bebidas.

La gente habla con cariño y nostalgia de aquella cabina, que ya no es la original, sino una más moderna, que cada vez recibe menos turistas y que desde hace un par de meses permite sólo llamados de emergencias. Pero como a Cachiyuyo ahora llegan tres compañías de celulares, no se complican. También hay internet. Y aún así mantienen impecable su teléfono, que funciona vía UHF, desde el cerro Las Campanas.

En Movistar informan que en 2012 se realizaron desde allí 809 llamadas y se recibieron 687. “Cachiyuyo es el símbolo de la telefonía fija, el instrumento ícono que permitía conectar a las personas y acercarlas con sus afectos e intereses. Y grafica el punto cúlmine de una era que dio inicio a otra revolución, la telefonía móvil”, destacan a través de una declaración pública, agregando que “ese teléfono y esa campaña aún tienen el valor de un compromiso para nosotros”.

El mundo evidentemente cambió. Según la Subtel, en 2001 había en Chile 71.088 teléfonos públicos, mientras que el 2012 se mantenían sólo 21.240 líneas.

“Tuvimos nuestra época de oro y la disfrutamos”, resume riéndose Juan Alvarez (79), antiguo presidente de la junta de vecinos, mientras mira desde su casa hacia la histórica cabina, al otro lado de la calle.

 

La Tercera

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